Importantes estudios de la situación de nuestro continente latinoamericano han recogido la realidad que enfrentaremos en tiempos venideros, como el hecho concreto y real que en los próximos 15 meses habrá una decena de elecciones presidenciales o parlamentarias en la región, en un contexto social y económico incierto, no solo originado en la pandemia, sino que también en un creciente descontento social que venía anidándose en acontecimientos anteriores, que fueron en alguna medida complejizando la ecuación de la gobernabilidad, que constantemente debe ser fomentada y promovida, procurando la existencia de condiciones para mantener en un país un nivel siempre satisfactorio de estabilidad política, progreso económico y paz social. Según centros académicos que observan la realidad, cuarenta y cinco millones de personas están en riesgo de pobreza como consecuencia de la peor crisis económica que América Latina ha visto en 100 años, derivada de una pandemia que ha costado a la fecha más de un millón de vidas. Antes del Covid-19, la región era ya la más desigual del mundo. El virus simplemente nos recordó estas desigualdades y en este plano organizaciones multilaterales y expertos coinciden en que la situación empeorará. Además, la riqueza, medida como el producto interno bruto (PIB), caerá este año en un 9,4% de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y para 2021, el crecimiento será de solo el 3,7%. Cada día que las personas por razones sanitarias indiscutibles deben permanecer en casa para evitar el contagio, es un día de ingreso y sustento perdido. Se dice que octubre marca el inicio de un ciclo electoral, un año decisivo para América Latina en el que presidentes y partidos políticos serán puestos a prueba en un contexto inédito. Dejando de lado las tiranías de Venezuela y Nicaragua, que también tendrán elecciones, pero sin certeza de respeto a las reglas de la democracia. Uno de los países que inicia este ciclo de ejercicio de la voluntad democrática será el nuestro a través de un plebiscito nacional, – ya pospuesto por el virus -, en el cual la ciudadanía decidirá libremente si quiere una nueva constitución. Debemos siempre recordar que la democracia para evitar populismos, necesariamente se basa en un fuerte y consolidado sistema de partidos políticos, sean algunos de estos, buenos, malos o más o menos, según el prisma con que se los mire. Los cuales lamentablemente se fueron debilitando desde antes de la llegada del coronavirus por escándalos, procesos judiciales de algunos de sus miembros, que dependiendo de la casa política eran ráudamente apartados de las filas, o bien por acuerdos o decisiones políticas que ni su propia base de sustento político entendía, pero quizás el pecado de omisión más grave fue el de sus representantes elegidos como parlamentarios que se desconectaron de la realidad y de las expectativas dinámicas de la sociedad. Sin lugar a duda la pandemia abrirá el camino a nuevos liderazgos y serán bienvenidos y tendremos que acostumbrarnos, en todos los niveles políticos a ciclos más cortos en el poder, con más alternancia, con más caras nuevas, que en gran medida serán provocados por el contexto socioeconómico. Por eso no es de extrañarse que personas que hasta ayer veían claro el horizonte de la reelección, hoy día lo aprecien mas difuso y renuncien al intento aduciendo justificaciones existencialistas. Con caras nuevas y liderazgos alternados se debe perseverar en un sistema fuerte de partidos, como base sustentadora de la democracia, en la cual personas que no están adscritas a ellos también tengan posibilidades de ser representantes, de lo contrario se corre el peligro que seamos presa fácil del populismo autoritario, y que, frente a una situación de enojo y fragilidad económica, la gente diga: “Yo quiero un salvador, no quiero un presidente. No quiero un Churchill que me diga sangre, sudor y lágrimas. Lo que quiero es alguien que me diga vente conmigo que yo te protejo y te cuido”.