“Tiempos difíciles”, me recuerdan la novela del escritor británico más conocido de la literatura universal, Charles John Huffman Dickens y quizás el más sobresaliente de la era victoriana, maestro del género narrativo, al que imprimió ciertas dosis de humor e ironía, practicando a la vez una aguda crítica social. En sus obras destacan las descripciones de personas y lugares, tanto reales como imaginarias.
Esta particular novela nos da la perspectivas del momento desde dos puntos de vista muy diferentes: el de la clase proletaria, que cree que el trabajo es su único modelo de vida, – además de resultarles necesario para subsistir -, y el de la clase alta, que controla las fábricas y mantiene en condiciones pésimas a sus obreros. También se nos muestra otro tipo de vida: el de la gente del circo, que se aparta completamente de la que llevan los dos grupos anteriormente nombrados. Dickens nos muestra todo esto con un trasfondo irónico, sin hacer una crítica clara de la sociedad de su época hasta las últimas páginas de la obra.
Cuarentenas y tiempos difíciles en lo sanitario, psicológico y económico, no son precisamente una novela en la que se mezclen magistralmente, realidad y ficción, logrando una fusión atractiva de leer, es la descarnada vida actual que nos agobia y delata como seres humanos vulnerables y una sociedad carente de civilidad, indolente, ignorante y ausente de sentido ético de pertenencia. Un Estado en muchas partes cuestionado por la nula o mala interpretación del “bien común”. Demasiadas confusiones acerca del tiempo y momento que nos corresponde vivir.
El filósofo alemán Rüdiger Safranski (nacido en 1945, plenamente vigente aún), escribió un libro titulado “Tiempo”, donde proclama que este es la materia de la que estamos hechos. No solo podemos decir que todo tiene su tiempo, sino también que cada uno dispone del suyo, el tiempo propio. Estamos bajo el dominio del tiempo, y ello nos provoca sufrimiento. Pero lo admirable es que también podemos jugar con él, como si fuéramos señores del tiempo.
Safranski escribió en “El mal o el drama de la libertad”: “La conciencia hace que el hombre se precipite en el tiempo: en un pasado opresivo; en un presente huidizo; en un futuro que puede convertirse en bastidor amenazante y capaz de despertar la preocupación. Todo sería más sencillo si la conciencia fuera simplemente ser consciente. Pero ésta se desgaja, se erige con libertad ante un horizonte de posibilidades. La conciencia puede trascender la realidad actual y descubrir una nada vertiginosa, o bien un Dios en el que todo alcanza su plenitud”.
En el plano de lo real y diario, conocemos en parte la sucesión dramática de acontecimientos, el alza de contagios, luego el de hospitalizaciones, después el de las UCI y finalmente por último el de los muertos. No quisiera ni pensar en que todo empeore hasta el extremo de que los médicos de las unidades críticas tengan que decidir a quién salvan y a quién no.
El pulso de nuestra realidad inmediata se toma a 2.188 kilómetros (en línea recta), de forma prepotente y buscando que representantes del mismo conglomerado, carguen con la responsabilidad política de un nuevo fracaso en la gestión de la pandemia en Magallanes, una Región convertida en el epicentro viral de Chile. Mientras el espectro político se debate en pequeñas rencillas políticas locales, buscando que una de las partes ceda para que entonces los muertos le caigan al otro encima, dadas las seguidillas de campañas electorales que se avecinan.
Pero sería bueno recordar el mito griego de la caja de Pandora. Una caja donde estaban encerrados todos los males del mundo. Pandora, con la curiosidad que le infundieron sus creencias divinas, abrió la caja para ver su contenido y todos los males fueron liberados, pero la cerró rápidamente, quedando dentro únicamente – Esperanza -.