Mediocrata

En
estos tiempos difíciles para todo el mundo, del cual no por supuesto no
estamos exentos como país, surgen todo tipo de opiniones y análisis,
algunos más sesudos que otros, más documentados y otros sumergidos en la
legión de imbéciles como motejaba el filósofo y escritor italiano
Umberto Eco, a los excesivamente adoradores del oráculo de las redes
sociales, que muchas veces esconde en su anonimato a opinólogos, que
quizás no se atreverían, ni siquiera a balbucear con nombre real y
genuino, el esconderse detrás de la web les resulta cómodo y útil para
su cobardía y falta de autenticidad.

Cansados
estamos de opiniones fáciles para cuestiones difíciles, sobre todo de
personas que cumplen relevantes funciones públicas, que deberían tener
una mezcla justa y exacta de sabiduría y exposición, concordando que
siempre será mas apreciado tener mas de lo primero y menos de lo
segundo.  Tanto anuncio, algunos reales y otros ilusorios todavía, pero
todos con el común denominador, -de ser tardíos -, pareciera que el lema
fuese exacerbar la desesperación para posibilitar un atisbo de solución
a los problemas de hoy.

Pero
quizás es más que lo anterior, es nuestra forma y nuestra concepción de
vida, de sociedad, de estado, de la economía y también de la justicia,
que siempre ha estado alejada de esa máxima indivisible que es el bien
común.

En
el aspecto económico, a contrario sensu de la opinión de algunas
personas y de especialistas, nuestra concepción de la economía nunca ha
estado basada en la economía social de mercado, a la cual adscribimos
varios por preferencia ideológica o política; ese sistema que defiende
la libertad de la iniciativa privada y al mismo tiempo, admite que el
Estado tenga cierta intervención para asegurar el bienestar de la
población. Al fin y al cabo, ni social, ni de mercado, pero si muy
chileno, un neoliberalismo chilensis, donde incluso, ni siquiera la
premisa de la propiedad rivada, resulta tan real y cierta.

Lo cierto sí, es
que el experimento chileno que alababa y se inspiraba en la figura del
denominado profeta Milton Friedman, estaba desde su origen muy lejos de
los postulados de la economía social de mercado que nos señalaba, ya en
1946, el economista, sociólogo y político, Alfred Müller-Armack, en su
obra Dirección Económica y Economía de Mercado, en la cual definió a la
Economía Social de Mercado, como la “combinación del principio de la
libertad de mercado con el principio de la equidad social”, cuyo
 principal impulsor en su aplicación práctica fue el político y
canciller alemán, Ludwig  Wilhelm Erhard, considerado el padre del
milagro económico de su país.

En
el caso de Chile, nunca funcionó realmente la organización del mercado
como sistema de asignación de recursos y proveedor de las condiciones
institucionales, éticas y sociales necesarias para que funcionara de
manera eficiente. Tampoco, en situaciones específicas, se buscó o trató
de compensar o corregir las fallas que se presentaba en el sistema. En
general, el experimento no funcionó bien en términos de libre mercado ni
menos aún en términos sociales.

Aún así
el país creció y se desarrolló,  mucha gente salió del marginalismo de
la extrema pobreza, dejando a un número no menor  en el camino en una
especie de darwinismo económico y social, en el cual solo el que tenía
mejores condiciones podía seguir navegando, consolidando al mismo tiempo
una cultura del consumo, en la cual era más conveniente y barato pagar
con crédito que hacerlo al contado, tanto así que los mega comercios
entusiasmaban con sus tarjetas para incentivar el endeudamiento,
insistiendo en ofertas convenientes al pagar con créditos, que permitían
soñar al mediocrata chileno, que con sonrisa, reverenció  al poder sin
rostro, mirando hacia otro lado cuando las tropelías de orden político o
económico se hacían evidentes.

El chileno más que un ciudadano se convirtió en un consumidor inconsciente, que de a poco al parecer está despertando.

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