No
cabe duda que este segundo gobierno de la centroderecha ha sido, por
decirlo en términos “suaves”, bastante ajetreado, complejo y de
vaivenes. El más reciente, sin lugar a dudas, la votación en el Congreso
donde el Ejecutivo sufrió una fuerte derrota política perdiendo, con
votos oficialistas incluido, la dispuesta en cuanto a la idea de
legislar el retiro del 10% de los fondos de pensiones.
Como
era de esperarse las recriminaciones en el oficialismo no tardaron en
aparecer. Dimes y diretes varios que dejaron más de un herido en el
camino mientras que, en la vereda opositora, se festejaba (incluso con
un animado “cuerpo de baile”) este golpe que fue percibido como un
gallito de fuerzas. El descalabro llevó a que el Presidente, al día
siguiente, convocara a su gabinete para arengarlos entorno a la unidad a
lo cual, el pasado fin de semana, se sumaron reuniones con timoneles de
colectividades en un intento por ordenar la casa. Lo llamativo de todo
esto fueron, como común denominador, los llamados a la unidad de la
coalición como forma de intentar recuperar la extraviada agenda, una que
pareciera desahuciada desde el estallido del pasado 18 de octubre.
Con
todo el Presidente Piñera, y su círculo de confianza, comienzan a
entender la importancia de “acortar las riendas” como una forma de
reestablecer el orden tanto político como institucional. Y aunque hubo
variados trascendidos y rumores en torno a un posible ajuste ministerial
lo cierto es que el jefe de Estado optó por mantener el equipo, sin
modificaciones. Esto, probablemente, en razón de que el tiempo sigue
avanzando y se avecinan instancias importantes que bien podrían marcar
un antes y un después para el país. Lo primero que se avecina, más allá
de la continuidad de la pandemia (que seguirá siendo tema hasta que no
se desarrolle una vacuna) es el plebiscito constituyente de octubre.
Posteriormente, una vez zanjado este asunto, el próximo año será de alta
intensidad política dadas las elecciones municipales, parlamentarias y
presidenciales. En este sentido las proyecciones puede que no sean muy
auspiciosas para las pretensiones del oficialismo, pero tampoco es que
lo vayan a ser para la oposición. Nos encontraremos con un escenario de
alto desempleo, de intentar reactivar la economía y, por cierto, un
escenario social que bien podría gatillar un retorno de las
movilizaciones, manifestaciones y violencia. Por cierto, las chilenas y
chilenos digamos que ya no están para este tipo de situaciones toda vez
que la prioridad está en recuperar el empleo, generar ingresos y volver a
poner el pan en la mesa. Pero para que esto suceda el gobierno tiene
una responsabilidad y el liderazgo del Presidente se tiene que, sí o sí,
hacer sentir: por algo fue electo y, duela a quien le duela, él es el
Jefe de Estado. Por eso estas reuniones y arengas eran necesarias.
Porque lo que el oficialismo tiene que entender, en especial sus
partidos y autoridades, es la importancia de la disciplina política. Y
si bien es legítimo que cada uno tenga sus propias agendas lo relevante,
especialmente en este segundo tiempo, es el orden y la lealtad. Es
tiempo de terminar con los lamentables y tristes espectáculos y ponerse
serios. Es momento de entender que las prioridades están con y para la
ciudadanía. Es hora de empatizar y escuchar a las personas, poner los
pies en la calle y acercar el gobierno al territorio. Para esta tarea,
qué duda cabe, el despliegue de las autoridades y representantes
gubernamentales será clave y altamente necesario, al menos para concluir
este mandato con un mínimo de dignidad en materia de aprobación. Si La
Moneda persevera en el camino de la indolencia es altamente seguro que,
nuevamente, las chilenas y chilenos seremos espectadores de acciones
subversivas que terminarán imponiendo la agenda de unos pocos en
desmedro de la mayoría. No hay más tiempo, no hay más margen ni tampoco
habrá más oportunidades porque la gente está molesta, desconfiada,
herida y con urgencias que demandan diligencia, priorización y vocación
pública para ser resueltas. Las señales están claras, las acciones se
están definiendo y sólo resta esperar, de una buena vez, los tomadores
de decisión se tomen enserio el ejercicio de gobernar para el cual, por cierto, fueron electos.