Mozart y Sensibilidades Indispensables

El
pasado 27 de enero se cumplieron 265 años del nacimiento de Wolfgang
Amadeus Mozart, ampliamente conocido incluso popular, con más de 600
célebres aportes a la música, considerada como clásica por los eruditos,
logrados en tan sólo 35 años de vida.

Casi tres siglos después, sus
contribuciones a la humanidad siguen vigentes, aún se interpretan y
todavía son capaces de despertar y movilizar sensaciones y emociones de
manera muy directa. Desde luego, forman parte del incuestionable y
distintivo acervo cultural valioso al menos para, como señala Marcelo
Arce, “esa inmensa minoría que ama la clásica música” y que,
porfiadamente y desde estilos muy diferentes, siguen construyendo y
acrecentando algunas individualidades destacadas de nuestra humana
especie. Puede resultar común señalar que la música, y no sólo la del
francmasón Mozart, es herencia y derecho de todos y que ella pesa
fuertemente en nuestra sociedad en la medida que la emoción de los
músicos creadores y de los intérpretes, transfiere la realidad, a veces
oscura y otras resplandecientes, a notas de armonía que dejan un arco de
esperanzas por sobre un oscurantismo que, de tanto en tanto, nos
sobrecoge, nos inmoviliza y nos violenta.

El mismo M. Arce redefine a la
música como energía racional y emotiva, que no requiere ninguna
explicación y que sólo nos exige sensibilidad en el momento adecuado.
Armonía y sensibilidad se constituyen así en los dos elementos claves
que hacen interactuar al individuo humano en un espacio en donde el
entendimiento, más que el saber, nos permite recrear, generar e
inclusive soñar, un mundo y una sociedad que da cabida a los ecos de una
música, de cualquier música, por sobre los ruidos y la cacofonía que
imperan sobretodo en momentos de crisis.

Las propuestas clásicas de
Mozart, por ejemplo en la Flauta Mágica, o la de John Lennon en Imagine,
distanciadas en siglos y en condiciones sociales y ambientales, se
basan en una construcción de armonías desplegadas en acordes, retornos
simétricos y presencia constante de un mensaje que se hace universal e
infinito, y han sido capaces de trascender abriendo, cada uno en su
tiempo, las ventanas para renovar las aspiraciones de una humanidad que
tan sólo aspira a enaltecer la dignidad de lo humano para construir un
mundo no sólo imaginariamente mejor.

El Gran Maestro de la Gran Logia de
Chile ha señalado que la armonía es otro de los valores esenciales que
la Masonería acoge en su universo simbólico como un desafío y una tarea,
en la perspectiva de la realización humana, tanto material como
espiritual. Así, la armonía no solo se eleva a una indiscutible cualidad
estética, sino también a la imprescindible cualidad ética, es decir, a
un atributo de las acciones humanas realizadas con los detalles
armónicos de los más nobles propósitos, en el plano de lo social y en
toda forma de convivencia. Ello implica valorar significativamente todo
proceso en donde la armonía pueda contribuir al desarrollo de una
sociedad o de un país y cada vez que su esencia sea considerada como
pieza insustituible para el crecimiento de la sensibilidad individual y
colectiva.

Es fundamental generar los espacios necesarios para que la
armonía sea un aliciente para facilitar la igualdad, la fraternidad y la
libertad, sensibilidades indispensables para la realización creativa de
toda obra humana.

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