Qué difícil hablar de construcción de confianza cuando vivimos tiempos de división, donde existen pirquineros de todo tipo ahondando “la grieta” en la sociedad, para obtener lujuriosas pepitas de oro, sin importar el daño que causan a la convivencia nacional y regional.
Ciertamente que los pirquineros del odio no representan la mayoría del país. Sin embargo, son intensos y vociferantes, que con sus cantos de sirenas, trastocan los valores de quienes sucumben al encanto de espurias ventajas. Hay quienes bajo el manto de una moralina – dícese FA y PC – desean instalar un sistema de vida colectivista que coarta las libertades personales, al mismo tiempo que levantan sus dedos acusadores contra quienes piensan distinto. Distribuyen impunemente falsedades en redes sociales, denostar el lucro es un deporte, pero se entrenan para pegar manotazos a diestra y siniestra. Se declaran anticapitalistas, pero viajan first class a Gringolandia que nos recuerdan con selfies de un nuevo Iphone. Se manifiestan contra la desigualdad, pero ignoran la reducción de la misma y la superación de la pobreza en las últimas décadas en Chile. Son expertos en exigir solidaridad, pero sus donaciones las hacen en sus propias cuentas corrientes. Retóricos en la trasparencia, pero no trepidan en favorecer a sus comparsas mediante el uso del poder. Redactan leyes que nos rigen, sin siquiera haber certificado competencias para ello. Asignan recursos públicos a proyectos legalmente estructurados, pero que nacen de la necesidad de financiar personajes y colectivos. También, están los que se proclaman defensores del libre mercado, pero se coluden. Andan con la bandera de justicia social al hombro, pero se trasladan eludiendo el pasaje de bus y queman el comercio. Se escandalizan ante la posibilidad de invocar la ley antiterrorista en La Araucanía u oprimir las revueltas vandálicas post 18 octubre, pero solicitan ley de seguridad del Estado contra los camioneros. Se revelan al abuso, pero son abusadores congénitos. Sueñan con una constitución desbordante de derechos, pero no trabajan duro ni cumplen con sus obligaciones mínimas como ciudadanos. En este sinfín de miserias, corrupción, incoherencia, doble estándar, abusos o como queramos nombrarlo, existe afortunadamente otro mundo, ese donde viven los magallánicos trabajadores y honestos, los más colectivistas e individuales del mundo, ya que luchan por sacar a sus familias adelante, pero conscientes de que la responsabilidad y esfuerzo personal son el motor de prosperidad.
Las naciones desarrolladas, es decir, aquellas que han alcanzado los niveles más altos de calidad de vida para su población, tienen algo en común. Primero que nada, ninguna de ellas es socialista, comunista o frente amplista. Todas son democracias liberales y recorren el camino de la economía, más libre o más social, pero de mercado. Segundo, priorizan el valor de la libertad y esfuerzo personal como motor de desarrollo, incluso aquellos países con amplios beneficios sociales, porque saben que sin libertad económica no es factible sostener la seguridad social. Tercero, los empresarios y trabajadores no viven confrontados… entienden que aliados progresan. Finalmente, son países políticamente estables, donde las instituciones funcionan y donde los cambios son cuidadosamente consensuados, sin saltos al vacío.
Los magallánicos aspiramos a lograr una región desarrollada, amplia en oportunidades y acogedora con quienes efectivamente lo requieran, para avanzar todos juntos. Ahora es cuando debemos reforzar nuestra unidad. Es ahora cuando tenemos que poner lo que siempre nos caracterizó: la concordia, la unión y la solidaridad. Debemos rechazar las recetas fracasadas y populistas, querer y confiar en nuestra gente de buena voluntad, trabajo honesto, coherencia y manos limpias. No perdamos nuestros valores.