Todavía
es difícil dimensionar los temores que la pandemia ha generado en los
chilenos, temor a perder el empleo, rebaja en los sueldos, condiciones
generales de contratación en el periodo postpandemia, incumplimientos de
compromisos comerciales, temor ante una crisis de salud e incapacidad
para asumir los gastos médicos y subsistencia del grupo familiar, la
pérdida de los reajustes de fin de año, el futuro de la negociación
colectiva, temor a contagiarse en el trayecto al trabajo o en el lugar
de trabajo, consecuencia por el no pago de las obligaciones pendientes.
Es difícil explicarse que al imposible nadie está obligado. En un país
en que gran parte de los trabajadores es altamente dependiente de la
tarjeta de crédito, no es posible enfrentar la vida como lo hicieron
nuestros padres o abuelos en que bastaba la palabra, cuando no la simple
constancia en la libreta con el almacenero de la esquina, en el barrio
donde todos se conocían era posible vivir en una economía que no estaba
bancarizada, hoy es inviable. Así, termina por imponerse la angustia, la
ansiedad por un futuro que hoy se percibe más incierto que nunca,
porque vivir a crédito ya se había hecho rutina en una sociedad en que
las vacaciones y el ingreso al colegio, se expresan en las tarjetas. La
pandemia ha agudizado la angustia, incrementada por esas llamadas
telefónicas con inconfundible acento caribeño que recuerdan día a días
los compromisos pendientes. El problema no se resuelve repartiendo
mascarillas ni esparciendo cloro en los lugares de trabajo, algo huele
mal y no es amoniaco, sino que el temor, con el transcurso de los días
el hedor se acrecienta y no consigue aplacarse con las cajas solidarias,
que por cierto no llegan a todos y menos a esos porfiados sectores
medios que se habían habituado a un discurso en que transversalmente los
partidos políticos apostaban al discurso del crecimiento permanente, en
que el limite era alcanzar el cielo de los países desarrollados. El
virus se encargó de fijar el limite, de reducirnos al limite de la
subsistencia como país, haciendo que ya el 2,5 de crecimiento anual, tan
criticado en el pasado, hoy es utopía. Asumiremos el teletrabajo como
una oportunidad que nos permita más tiempo libre o éste se transformará
en un incremento de la jornada de trabajo llevando a la intimidad del hogar
lo que antes quedaba en la oficina. La mujer chilena, trabajadora y
madre abnegada tendrá más tiempo para los hijos o por el contrario,
ahora tendrá ahora una mochila adicional en casa, pues tendrá que
habilitar su espacio para el trabajo, compartirlo con la familia en
medio de pañales y los gritos de los niños, viéndose forzada a imponer
una disciplina espartana que permita hacer del living una oficina. Es
muy probable que, que terminada la pandemia nada cambie tan
radicalmente, pero si surgirán algunas necesidades, tal vez, solo tal
vez, el problema deje de ser no más AFP, porque el término de giro hace
que la jubilación se vea improbable y se privilegien los seguros de vida
y la protección de la familia, quizá se incrementen las declaraciones
de quiebra personal o de la pequeña empresa, porque ante la falta de
apoyo estatal el término del giro será la regla de conducta que cambie
el léxico a que nos hemos habituado y volvamos a llamar las
cosas por su nombre microempresario = trabajador, pyme = victima de los
Bancos y del sistema financiero, trabajador= principal contribuyente de
Chile porque paga el IVA. Aterrizaremos en el fatalismo o retornaremos a
la vorágine por recuperar el tiempo perdido incrementando el stress y
la angustia. En una de esas el virus nos enseña algo de humildad y buen
criterio. El remedio está en nosotros mismos, la ansiedad no es sino
una señal de alerta, nos advierte de un peligro inminente que nos
conmina a cambiar de actitud y, nos permite adoptar medidas contra la
amenaza permitiendo nuestro desarrollo personal, así que después de todo
el virus no es tan mala persona.