Existe
un programa de televisión que tiene versiones en muchos países que se
llama “Jefe Encubierto”. La idea es simple, una persona con un alto
puesto o dueño de una empresa se disfraza y entra de incógnito a
trabajar como un empleado cualquiera y es entrenado en las diversas
labores que cada día realizan las personas que, en realidad, están a su
cargo. De esta manera, el “encubierto” conoce la manera en que su
empresa está funcionando, pero, a la vez, se sensibiliza con las
historias humanas que hay detrás. Al final, el jefe revela su verdadera
identidad y, junto con ayudar a los empleados que conoció en el
programa, se compromete a hacer cambios estructurales que mejoren las
condiciones laborales de todo el personal.
Traigo
esto a colación a raíz del rol que les cabe a las empresas, tanto con
sus trabajadores, como con sus clientes y la sociedad, a raíz de la
crisis del Covid-19. No es ninguna novedad que desde hace muchos años
las empresas han entendido que su comportamiento social es parte
integral del negocio y que mantener buenas prácticas laborales también
es una exigencia. Hoy más que nunca esa disposición está puesta a
prueba.
Creo
que es justo reconocer los esfuerzos que ha hecho en materia de ayuda
con respiradores mecánicos y otras iniciativas sociales la CPC que,
liderada por Juan Sutil, ha contribuido entendiendo el rol social y
político que hoy les cabe. Sin embargo, la responsabilidad social no se
acota solo a la filantropía. Hemos visto las resistencias para limitar
transitoriamente actividades y así impedir que las cuarentenas sean
efectivas realmente. En el extremo, y ampliamente rechazadas, tenemos
también las malas prácticas empresariales que merman la confianza de los
consumidores y exponen la salud de sus trabajadores, a quienes incluso
convierten en “cómplices” de sus faltas a las medidas sanitarias.
Obligar
a madres trabajadoras a seguir operando con la “ayuda” de un jardín
infantil que contravenía la normativa y no contaba con ningún tipo de
resguardo sanitario para los niños, como hizo Fruna, o las pesqueras que
en nuestra región significaron un brote del Covid-19 exponiendo a toda
la comunidad debido a las malas condiciones laborales, son apenas dos
muestras públicas de muchas otras situaciones de abuso que siguen
cometiéndose.
Todos
los expertos coinciden en que tras retomar en algún grado la
“normalidad” en nuestras vidas, se nos vendrá encima una crisis
económica de grandes dimensiones en los próximos meses, una suerte de
pandemia económico-social que dañará seriamente el empleo y reducirá el
poder de consumo de la gente. Será en ese momento donde las personas
valorarán a aquellas empresas que hayan mostrado una verdadera
disposición a ayudar más allá de los criterios de ganancia.
Si la realidad pudiera
ser como aquel programa de televisión que describí al comienzo, a mi me
gustaría ver un Chile donde los empresarios se pongan de verdad en los
zapatos de sus trabajadores, sepan quiénes son y los ayuden a cumplir
sus sueños. Los tiempos difíciles que se avecinan van a requerir que de
alguna manera nos reencontremos y sumemos voluntades. Confío en que las y
los empresarios estarán a la altura del desafío que enfrentaremos como
país.