En 1963 asesinaron a John F.Kennedy, Presidente de los Estados Unidos.
Fue en Dallas, mientras transitaba en un auto descubierto, junto con Jackie Bouvier, su esposa.
Un año después yo era ayudante en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica.
Cuando se cumplió el primer aniversario de su muerte, encargué a mis alumnos una crónica de recuerdo.
Una joven leyó un interesante texto.
En seguida otra estudiante comenzó la lectura de una crónica.
A medida de que escuchaba, sentía un desconcierto.
Jorge Iriarte levantó su mano derecha y denunció: “Ese artículo es tuyo, Enrique”.
Efectivamente, yo lo había publicado en la revista “7 Días”.
Sin
firma, porque ya trabajaba en “Las Últimas Noticias”, y Nicolás Velasco
del Campo, su director, me autorizó para hacer columnas en el semanario
sin identificar mi autoría.
La sorpresa fue mayúscula.
¿Cómo calificar mi propio trabajo? ¿Con qué sentido autocrítico?
La joven no se avergonzó y con los años alcanzó gran connotación profesional.
Otras situaciones.
¿Plagio de plagio?
Dos alumnos leyeron, para mi sorpresa, igual texto. Insistieron en que ellos eran los autores.
En
la noche, me llamó una joven a mi casa. Entre lágrimas, me confesó:
“Profesor, yo copié ese trabajo. No hice el mío porque estaba muy
triste. Mi pololo había roto conmigo”.
Sentí incapacidad de criticarla.
En
una universidad privada un par de alumnos me entregó un trabajo
semejante. Aunque eran pololos, cada uno insistía en ser el autor
original.
No hubo caso de que reconocieran culpabilidad.
Les faltó honradez y constituyó una grave falta de ética.
Además, descubro a periodistas, escritores, animadores y humoristas que plagian sin pudor. Ajenos a la originalidad.
Muchos plagiaban casi literalmente a Julio Martínez. Sobre todo en su estilo, frases y metáforas.
Cuando
di clases en la Universidad del Desarrollo, una acuciosa profesora me
contó que Bryan Echenique, escritor peruano que postulaba al Premio
Nobel, plagió muchos artículos.
Ella se comunicó con los autores originales y les informó sobre el delito intelectual de ese escritor del Rímac.
Fue un escándalo.
Para
que no se me acuse decaer en plagios, cuento que acudí a google. Allí
encontré una larga y nutrida lista de escritores que han copiado parte
de los textos. Entre otros, el español Camilo José Cela; el mexicano
Carlos Fuentes; el portugués José Saramago y muchos más. Por supuesto
que no todo, pero sí con mucha irresponsabilidad.
Son algunos riesgos de los plagios.