Han
sido demasiados años en el que nuestro país se hace política desde el
odio, la inquina, el impulso de venganza. Dicen que no corresponde
citarse, sin embargo ya en el 2017 advertí un hecho que en ese momento
era innegable: actores políticos claramente visibles, estaban y están
sumidos en pensar cómo derribar al enemigo, en cómo hacerlo desaparecer,
y todo en nombre del “pueblo”, de la democracia, de una supuesta
“justicia social”. Se odiaba y odia desde las entrañas aquello que
significa “la derecha”, donde radicaban y radican todos los males de la
sociedad. Es uno dio que en muchos casos traspasó generaciones,
queriendo venganza por sucesos ocurridos hace casi cincuenta años.
Llegaron
las elecciones y se eligió a nuevos integrantes del Congreso Nacional,
nuevas autoridades en general. Y ahora, ya con poder, destilan su
odiosidad desde una tribuna más “legítima”. Para muchos, casi todo vale
para hacer fracasar a un gobierno legítimamente electo, y con las armas
que les otorgan las instituciones, despliegan su animadversión que llega
incluso, al ámbito personal del rival político.
No
se trata de encasillara algunos en buenos y a otros en malos; no es
posible eximir a un sector imputándoles una santidad de la que carecen,
pero cuando desde la oposición a este gobierno se bloquea e impide
desplegar el programa electoral con el ganó legítimas elecciones; cuando
se juega al límite de la institucionalidad y se presentan acusaciones
constitucionales a mansalva; cuando se recurre a tribunales para
presentar querellas sólo por hechos políticos; cuando se restan de
diálogos nacionales para mostrar fuerza ante su tribu; en fin, cuando se
legitima y no se condenan hechos delictivos y que hieren los más hondo
del alma nacional a partir de los infaustos hechos de octubre del año
pasado, entonces se entra en una espiral de odio del que es difícil
salir.
Y
el país en épocas pretéritas sufrió las consecuencias del
enfrentamiento y del odio. Revoluciones, muertes, destrucción, familias
divididas, una economía en el suelo, fueron algunos de los resultados de
ver al otro como el enemigo al que derribar, sin pensar en las
generaciones venideras, sino sólo en la ideología que motiva sus
acciones y que promete el paraíso en la tierra.
Ciertamente
es necesario mencionar a los mercaderes que traspasan los límites de la
legalidad en su actuar económico, embriagados por la codicia y que sin
miramientos, perjudican y empobrecen a mucha gente. A aquellos que no
trepidan en comprar conciencias y voluntades para su beneficio
crematístico, llegando incluso a corromper apolíticos y a autoridades,
les mueve el desprecio por sus compatriotas, pues su altar está
compuesto de dinero, mas no de sentido social, pues guste o no, cuando
se instala una empresa, esta se debe a la sociedad a la que sirve
voluntariamente. No es menos cierto, que actuaciones así están penadas
por la ley, pues tienen un riguroso marco legal que trata de impedir los
atentados y los abusos contra el libre mercado e intentan disuadir
conductas lesivas para los consumidores. Sin embargo, tales agentes
económicos carecen de imperio, del que gozan los políticos que motivados
por el odio al adversario, socavan la institucionalidad y la
democracia.
Desde
esta humilde tribuna, hago un sentido llamado a las personas de buena
voluntad, incluso a los cegados por la ideología disolvente, a
encontrarnos como habitantes de una misma casa, pues de lo contrario,
dejaremos a nuestros hijos un país peor del que recibimos.