Habíamos señalado que la
libertad para su plena realización y defensa, requiere actuar de manera
responsable, puesto que es natural que el mal uso termine en su
desprestigio. La misma responsabilidad que con especial énfasis se exige
a quienes más poder tienen, alcanza sin lugar a dudas, a la llamada
clase política, pues sus agentes concentran mucho poder e influencia en
la sociedad. Hemos visto sin embargo, que contrario a lo expuesto, los
políticos se empeñan en plagarnos de regulaciones, leyes, decretos,
ordenanzas y todo tipo de mandatos para realizar alguna actividad. Son
ellos, que imbuidos de imperio, nos dicen lo que debemos hacer, cómo
hacerlo, cuándo y hasta el porqué hacerlo; en definitiva, administran el
Estado con el propósito de regular nuestras vidas del modo que ellos
piensan que debemos vivirla.
Este
propósito, claramente atentatorio contra nuestras libertades, es
congruente con la existencia del Estado mismo, ese conjunto de
instituciones públicas creado y construido para determinar en buena
parte, el derrotero de nuestra existencia.
Las
ideologías llamadas de izquierda, estén más o menos al centro, tienen
una fe ciega en que el Estado es la solución a una vida en sociedad, por
lo que reclaman más Estado, lo que implica necesariamente, más poder e
influencia para sus administradores, es decir, políticos y funcionarios
públicos. Y entre más abultado el aparato público, más políticos
requiere para su manejo, más dinero de los contribuyentes para su
mantención, y más facultades para realizar sus tareas.
Así,
poco a poco, como una gotera que desgasta la roca, el Estado va
carcomiendo las libertades de las personas, so pretexto de nuestra
conveniencia. De manera imperceptible las más de las veces, aunque otras
de manera desenfadada, los políticos y burócratas copan o reemplazan
nuestras decisiones como seres libres, pensantes y dotados de libre
albedrío. Y todo esto amparado en normas que los propios burócratas y
políticos crean; es decir, dictan leyes que ellos administran y
ejecutan: negocio redondo.
Así
por ejemplo, en educación, el Estado dice qué deben aprender los niños y
jóvenes por medio de planes y programas ideados por políticos según su
particular visión ideológica, sin que los padres tengan decisiva
injerencia en ello; pretenden desmantelar la educación privada, incluso
la subvencionada, sólo para que el Estado tenga el monopolio de la
enseñanza en Chile; nos pretende inculcar que un niño decida sise siente
hombre o mujer sin tener obviamente conciencia de tal decisión; y así,
el poder político enseñoreado sobre las conciencias de nuestros hijos, o
al menos de aquellos de las familias más vulnerables. En materia de
salud, el poder político que pretende que nos atendamos exclusivamente
en el sector público, para que sean ellos apareciendo con dádivas y
soluciones para mantenernos subyugados y votar siempre por ellos.
Pero
existe una alternativa: que los ciudadanos tengamos el poder en
nuestras manos, que libremente encontremos soluciones colaborativas en
los distintos ámbitos del quehacer humano, desde nuestra propia
experiencia y con prescindencia de aquellos que están decididos a
reemplazar nuestra voluntad y decisiones. En definitiva, una política
desde la libertad.