Septiembre trae a Magallanes, además de las consideraciones patrióticas y festividades afines propias del llamado “Mes de la Patria”, la característica de sus vientos, la vastedad de sus colores y la amplitud de sus días. Es el reflejo palpable de una primavera que, de manera todavía natural, se apodera del territorio, del paisaje, del ecosistema y de los ánimos, producto del gran equilibrio dinámico y armónico existente en nuestro sistema solar. No es necesario comprender los fundamentos físicos acerca de las regularidades de los equinoccios a escala global para entender que la primavera también marca el inicio de grandes y pequeños sucesos, naturales y culturales, que necesariamente culminarán y cesarán para dar paso a otras regularidades universales. Sin embargo, este año 2020 nos hemos quedado con los rastros del inicio primaveral y no hemos podido re-instalar en la gran memoria colectiva y en la pequeña individual todos aquellos signos y símbolos que nos ponían en perspectiva de futuro y prácticamente nos compelía al desarrollo de pensamientos plenos de proyectos. Hemos quedado insertos en este septiembre, entre la incertidumbre vital que genera la pandemia y la urgencia por la mantención de nuestros modos de vida, sin que podamos apelar a las efímeras sensaciones que provoca el sentirse parte de un primaveral colectivo nacional que celebra, para suavizar las asperezas y brechas que continúan latentes y pendientes. Quizás esta realidad ayuda a explicar la persistencia de aquellas miradas individualistas y no empáticas que insisten en no aceptar el derecho de crítica, como expresión privilegiada de la libertad, obstaculizando el perfeccionamiento de la vida social. En la naturaleza que solemos admirar, esa crítica resurge con fuerza en cada primavera y posibilita la emergencia de nueva vida, de mayor diversidad y, por tanto, de mayores y mejores posibilidades de futuro.
Una mirada abierta hacia la nueva realidad que nos espera a partir del inicio de esta primavera no silenciosa, deja ver situaciones sanitarias y sociales aún no resueltas y que requieren la crítica constructiva y la participación de todos los actores de la sociedad en donde estamos instalados ya no como meros espectadores. Pensar cómo anhelamos que sea el país del futuro, y por lo tanto qué define nuestra identidad, o identidades, parece ser una buena tarea ya que abre nuevas avenidas por donde puedan transitar los anhelos que orientan hacia una sociedad en permanente evolución. Como expresó recientemente Sebastián Jans, Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, “Hay una Patria Esperando. La pandemia nos conmina, a lograr un gran consenso para privilegiar los valores de tolerancia, fraternidad y libertad”. Estos ideales, sin embargo, requieren además y de manera obligada, la presencia y la acción de una ciudadanía sensible, preocupada, participativa y fraternal, que disminuya la posibilidad de lograr cambios y mejoras sustanciales en la calidad de vida, a través de mecanismos apoyados en la violencia y que abren las puertas a oprobiosos atentados a la libertad y a la conculcación de nuestros derechos humanos fundamentales. La fraternidad es un camino de unidad ancho y frondoso que, a partir de cada primavera, se vuelve a expresar con mayor energía y mayor diversidad.