Nuestra
realidad política nacional está en ebullición desde hace rato, pero la
pandemia ha venido amargamente a matizarlas opiniones, los debates y por
qué no decirlo también a encrispar más los ánimos y a correr el velo de
cuán importante es el bien común para unos y cuan indiferente o
despreciable es para otros.
El
desprecio por el bien común no solo es una actitud de algunos sectores
acomodados, sino que también de la egoísta mesocracia chilena, tan
arribista e imitadora de lo extranjero, como así mismo tan poco
consciente de que vivir en sociedad, construir y desarrollar una
democracia es una tarea permanente, llena de compromisos sociales,
valores cívicos, derechos, deberes y exigencias, que van más allá de dar
un cheque en blanco cada cuatro u ocho años, para que algunos
políticos cobren a su pleno antojo y nos representen, coqueteando con
grupos de intereses y tecnócratas que posan de sabios de occidente, todo
para conseguir prebendas personales para familiares y personas del
séquito más directo.
La
promiscuidad en el desempeño de cargos públicos, de los diferentes
poderes del Estado con los grupos de intereses dela sociedad, se fue
convirtiendo en algo normal, que ya no causaba, ni el más mínimo pudor.
Solamente un ejemplo de ello es que el tan criticado y descalificado
sistema de AFPs, ha contado en sus directorios con la presencia y lobby
de conspicuos personajes de todo el abanico político, desde la llamada
izquierda progresista hasta la derecha autocrática. Esta práctica
recurrente de un día estar a un lado del mesón como fiscalizador de un
sector de la economía y al otro como evangelizador de las bondades del
sistema, se convirtió a vista y paciencia de todos en algo habitual y
permitido. Lastimosamente de estas actitudes promiscuas, con grupos de
intereses de variada índole, no se salva casi ningún estamento del
Estado.
La
semana pasada parecía que estábamos en la antesala de una novela de
ciencia ficción, ante el anuncio de grupos de poder y políticos que
vaticinaban un cataclismo ante el eminente primer trámite parlamentario
para posibilitar el retiro del 10% de los fondos previsionales, sin
reparar los pregoneros de la desgracia que esta práctica está presente
en muchos países que tienen un sistema similar al nuestro y que se hace
más necesaria aún ante las carencias de otras ayudas reales, que
permitan enfrentar el aflictivo momento económico.
Al
presenciar este espectáculo, recordé a Kin Hubbard, un periodista
estadounidense que era maestro en la ironía, que hace un siglo escribió:
“que cuanto menos aporta un político, más ama a su bandera. ”Frase con
la cual quería poner de manifiesto que, a veces, los políticos esconden
sus carencias con discursos encendidos de consignas patrióticas y
adornados de abundantes lugares comunes.
Veremos
cómo se desarrollan los acontecimientos y si somos capaces de
contribuir a una sociedad que sea algo más que un museo urbano, donde
nada se mueve para no afectar el interés de unos pocos que parecieran no
saber o no importarle lo que pasa, siente y vive la sociedad.
Ojalá
volvamos a una novela más realista y básica para aprender que estamos
frente a un necesario y legítimo ejercicio de libertad, tanto en la
forma como en el fondo, y que ironía, humor popular, drama y aventura
pueden alternarse como parte de una misma historia.