Desde
hace bastante tiempo podemos apreciar el deterioro de la convivencia
entre los chilenos. Esto sucede a todo nivel, desde las altas esferas
del poder hasta en la cotidiana vida de barrio.
En
este sentido, las redes sociales juegan un rol fundamental. A pesar de
múltiples ventajas y oportunidades que se pueden obtener en el uso de
Facebook, Instagram o tantas otras plataformas existentes, queda la
sensación que su uso ha quedado en manos de quienes no valoran la
concordia ni supremacía de la razón por sobre la emocionalidad. De
hecho, abundan las hordas que operan en RR.SS. como si fueran antiguos
tribunales inquisidores que supuestamente luchan por la liberación de
las victimas del opresivo orden de los sistemas democráticos liberales.
Ante cualquier opinión que no adhiera a los estándares de pureza moral
de estos grupos o tribus y sus seudo mesías que los promueven, se
levantan turbas y tribunales populares para censurar o lapidar
virtualmente cualquier opinión, persona u obra artística amparándose
enel manoseado “legítimo” derecho a protesta. Lo anterior nos ha
empujado hacia lo que Axel Kaiser describe como “colapso de la esfera
pública como espacio de diálogo relativamente racional, dando paso a una
dictadura de los sentimientos y de ideas subjetivas de la verdad” o
como bien plantea Cristián Warnken, hoy “asistimos al espectáculo de la
desmesura y ostentación del odio, convirtiendo el espacio público en la
fosa del circo romano”.
Nuestra
región no ha estado ajena a esta realidad y polarización, lo cual se
hizo más patente que nunca desde el estallido delictual que asoló
principalmente las calles de Punta Arenas, destruyendo no solo nuestro
entorno construido por generaciones de magallánicos, sino que también
aniquilando años de esfuerzo de comerciantes y sus empleados. Por
supuesto, quienes con mayor virulencia gritaron “hasta que la dignidad
se haga costumbre”, son los que han brillado por su ausencia en la ayuda
a los que sufren hoy día a consecuencia de la crisis sanitaria. Sin
embargo, en las redes sociales siguen activos con su conflictividad y
censura. Desde la valentía del anonimato de las redes, están dispuestos a
desmantelar todo lo que apunten sus dedos acusadores para reemplazarlo
por un “algo” que a todas luces no comulga con la libertad de las personas.
Pero,
¿cómo escapar de este clima de resentimiento que aviva la hoguera de
las redes sociales? Antes que nada, lo que hay que derrotar es el
silencio. Los vociferantes que explotan cualquier tipo de malestar, no
son más que tribus bien organizadas, pero minoritarias comparada a la
mayoría de magallánicos sensatos, que comprenden que el camino de la
prosperidad se construye sobre el esfuerzo personal y dialogo fraterno.
Segundo, se requiere derrotar la propia indolencia, creyendo que la
estabilidad socioeconómica son bienes dados que no requieren cuidado. Al
contrario, el desarrollo económico y social son más vulnerables de lo
que se cree, por lo que la tarea de perfeccionar nuestras instituciones
políticas y económicas debe ser la real constante. Tercero, no tener
miedo a desafiar los dogmas que restringe la libertad de expresión y
emprendimiento de las personas. Finalmente, se requiere rechazar sin
vacilación a quienes promueven la intolerancia y violencia como medio de
presión para conseguir sus más mezquinos fines manipulando
preferentemente incautos e irreflexivos jóvenes.
En
tiempos de crisis sanitaria con profundas consecuencias económicas y
sociales, la tierra de nuestros padres nos exigirá lo mejor de nosotros
para salir adelante. Recuperar la tolerancia, debe ser nuestro primer
paso.