Hemos
defendido en esta columna de opinión, que el progreso del ser humano se
desarrolla con plenitud, en un ambiente de libertad. Es en libertad
donde el individuo y la sociedad, despliega su más amplio potencial. La
religiosidad y la espiritualidad del ser humano por ejemplo, en un
ambiente represivo, persecutorio y de educación dirigida, se ve
disminuida, tanto en número de personas como en compartir en comunidad
la fe que se tenga. En el ámbito artístico, cultural y académico, cuando
una sociedad permite la amplia expresión de los artistas, intelectuales
y la circulación de las ideas, es cuando esa sociedad progresa
sustancialmente; y por el contrario, cuando se les reprime, se degrada
en conocimiento, en las artes, y se le sume en la ignorancia. Lo mismo
sucede en la educación, en la economía, en el deporte, etc.
¿Quién
tiene la capacidad de opacar, achatar e incluso eliminar la libertad
del individuo en sus diversos aspectos? Ciertamente es solo el Estado,
pues poseyendo el uso exclusivo y excluyente de la fuerza física, es el
único capaz de dejarnos la libertad que le parezca, sin poder oponernos a
tan poderosa coacción.
Porque
el ser humano es esencialmente libre, teniendo la capacidad de elegir
racionalmente entre muchos caminos que la vida le presenta, y la
oportunidad de desarrollar su propio proyecto de vida, es que se hace
evidente que la libertad es el oxígeno, el aire puro que nos permite
desplegarnos con todas nuestras potencialidades.
Pero
la otra cara de la medalla de la libertad, es la responsabilidad. Por
ejemplo, nuestra Constitución Política nos garantiza el derecho de
propiedad y a la propiedad, pero mandata que ésta tiene un fin social.
Puedo entonces ejercer todos los derechos que me otorga el ser dueño de
algo, pero está penalizado el que use ilegítimamente el dominio en
contra de un tercero o de la sociedad.
Así,
no cabe duda que la libertad económica es esencial para el progreso
material e incluso espiritual de las personas, pero quienes actúan deben
respetar los derechos de los demás y comportarse éticamente. Por eso
repugna a un sistema de libre mercado las colusiones de las empresas,
los monopolios antinaturales, la violación de los derechos de los
trabajadores, el aprovechamiento económico de instituciones y comercios
en perjuicio de los ciudadanos en tiempos de crisis, el acaparamiento de
productos esenciales para su influir en los precios, el no respetar
los derechos que la ley le otorga a los consumidores, etc. El sistema
pone más cargas legales y éticas a quienes más poder tienen, pero no
exime a los débiles de respetar la ley, la libertad y los derechos de
los demás.
Un
sistema económico libre se sustenta y legitima sobre la base del
cumplimiento de la ley; sobre el respeto y consideración de quienes
menos poseen. No es aceptable que bajo el pretexto de la libertad y el
sistema de mercado, se abuse de una posición de poder, pues tales
conductas llevan inevitablemente al desprestigio y cuestionamiento de la
libertad económica. Y a la vuelta de la esquina, agazapados esperando
su oportunidad, los liberticidas, los seguidores de ideologías
profundamente inhumanas y amorales, disfrazados de redentores y amigos
del “pueblo”, aprovechándose de tales circunstancias, querrán erigirse
como salvadores de una comunidad desencantada, y la arrastrarán a una
sociedad que repartirá pobrezas y miserias de igual manera para todos,
excepto para ellos, los líderes e iluminados, nuevos sacerdotes de una
religión socialista.