Agosto marca el 75 aniversario de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. En la guerra más grande
y destructiva de la historia, murieron aproximadamente 80 millones de
personas, o aproximadamente el 3% de la población mundial. Sin embargo,
estas cifras desalentadoras se vieron mitigadas por un número
incalculable de vidas salvadas como resultado de la atención médica.
Muchos de los avances que se lograron persistirían mucho después de que
concluyera la guerra, un lado positivo que esperamos tenga paralelos en
nuestra lucha actual con Covid-19.
Un
argumento reduccionista de que “la guerra es buena para la medicina”
minimizaría el terrible costo humano del combate. Sin embargo, varios
académicos han destacado cómo la urgencia, el aura de crisis, la
atención nacional y los recursos materiales inherentes al conflicto
armado organizado han catalizado el desarrollo de la medicina y la
cirugía.
George
Washington inoculó con éxito a su ejército contra la viruela,
demostrando el valor y la eficacia de esa intervención de salud pública.
Walter Reed ayudó a dilucidar la epidemiología de la fiebre tifoidea y
amarilla durante la Guerra Hispanoamericana y sus secuelas inmediatas,
lo que condujo a métodos de control efectivos. Los
esfuerzos para atender a los veteranos heridos después de la Primera
Guerra Mundial contribuyeron al auge y la profesionalización de la
terapia física y ocupacional.
Sin embargo, Covid-19 también ha provocado una respuesta gubernamental similar a la observada durante la guerra, caracterizada
por una gran afluencia de recursos y atención. Las legislaturas han
asignado billones de dólares para financiar medios directos e indirectos
para detener la propagación de enfermedades. Se están acelerando los
ensayos clínicos y las terapias se están adoptando mucho más fácilmente
que en condiciones normales, con datos menos fiables para validarlas
En
75 años, será intrigante reflexionar sobre los efectos persistentes de
Covid-19 y nuestra respuesta a él. Ciertamente, parece que ya ha
normalizado la telesalud de formas previamente inimaginables. Esperamos
que también conduzca al desarrollo de una infraestructura más equitativa
para la prestación de atención médica. La historia ha demostrado que a
medida que se desvanece la amenaza de una guerra o una pandemia, el
interés y la inversión en recursos también disminuyen. Sin embargo, a
pesar de su horror común, estos eventos también tienen un potencial
análogo para catalizar y reconfigurar el desarrollo en la medicina y la
salud pública. Estos momentos de crisis compartida merecen una reflexión
mientras consideramos nuestras prioridades e intervenciones médicas y
sociales colectivas en el futuro. A modo de ejemplo Ángela Merkel
destacó la extraordinaria gravedad de la emergencia sanitaria por el
Covid-19. “Desde la reunificación de Alemania, o mejor dicho, desde la
Segunda Guerra Mundial, nuestro país no ha afrontado un desafío que
dependa tanto de nuestra solidaridad colectiva”, medidas que surgieron
efecto ya que Alemania sería uno de los primeros países en abrir
fronteras y presentar una baja letalidad por millón de habitantes.