La
globalización de este virus y sus efectos nos ha permitido ver la
realidad en que vivimos y la actitud que como personas y naciones
adoptamos para enfrentarla. Los clasismos y segregacionismos han salido a
relucir como hongos en la humedad. Los que esperan en las puertas de
los consulados, los sorprendidos y abandonados en los aeropuertos del
mundo, los hacinados en los sités y apedreados por su color e idioma,
han hecho aflorar lo más malo del ser humano. Vimos un día a una mujer
gritando “Váyanse a su país” y agregó como una chapa “soy hija de un
general”. Un claro ejemplo de creer que solo hay buenos o malos, fachos o
zurdos, blancos o negros. Generaciones predispuestas por la propaganda
económica que nos sume en los prejuicios y desconfianzas.
Hablar
de guerra es alentar el conflicto pues la gente no ve el virus sino a
el rostro de los posibles portadores y no se dan cuenta que cada uno
podemos serlo. Anunciar con estruendo la salida de comandos a las
calles, como si ellos fueran inmunes o estuvieren mejor preparados
resulta hasta una aberración publicitaria. ¿Qué van a hacer en las
calles si sorprenden fiestas como la de Maipú? ¿Van a disparar, golpear o
patear a los estúpidos? No.
Ver
la realidad de EEUU y Brasil y sus líderes, el drama deP erú y Ecuador y
quizás de cuantos otros países de nuestra América, nos debería llamar a la reflexión de que este tipo de males no conoce de fronteras.
La
siguiente es una cita de Robert Schuman (a quien se le atribuye la
creación de la Comunidad Económica Europea), poco antes de su muerte el 4
de septiembre de 1963: “Al ser un hombre en la frontera, las duras
lecciones de la historia me han enseñado a no confiar en improvisaciones
apresuradas o proyectos demasiado ambiciosos. Pero al mismo tiempo, nos
han enseñado que cuando un objetivo ha sido debidamente reflejado y
basado en la realidad de los hechos y los intereses superiores de los
hombres, es capaz de conducir a nuevas iniciativas, tal vez incluso
revolucionarias. Pero este objetivo conlleva, incluso cuando rompe el
orden establecido, antagonismos seculares y viejas rutinas, para
hacernos permanecer firmes y perseverantes”.
Si después de cinco años del fin de la II GM en Europa dieron vuelta la página ¿no sería ocasión de comenzar
a dejar de lado las desconfianzas y rencillas del pasado de nuestra
América morena para optar por una comunidad global que permita crecer,
prosperar y no sucumbir a los lineamientos de los países poderosos? Si
vamos a preferir lo nuestro para subsistir, pensemos también en la
granja y los pastos de nuestros vecinos. También a ellos les resultará
beneficioso.