En
relación a la editorial del día 24 de enero de 2021 sobre el derecho de
libertad de expresión, quisiera agregar que ello, aunque pareciere
darse por sabido y aceptado, es ya y será aún más en un futuro muy
próximo, uno de los mayores conflictos de la civilización.
Como bien dijo el columnista Alejandro Riquelme, con la excusa de “no
ofender” a las minorías, o a algunas de ellas, se coarta este derecho
básico a las mayorías, a través de la imposición de “lo políticamente
correcto” y, como le sigue, “la cultura de la cancelación”, que ampara a
cobardes morales que por miedo a ser siquiera criticados por dichas
minorías cada vez más agresivas, despiden, persiguen, silencian y
neutralizan a todo aquel que se considere “disidente” y no en orden con
las opiniones oficiales o “tendencias”. De esta manera, hoy en día la
libertad de expresión de la persona misma como a través de los medios
públicos y electrónicos, se va transformando en “el derecho a estar de
acuerdo” solo propio de las más miserables dictaduras.
La profesión misma del periodismo se cimienta en dicha libertad de
expresión, con la cual todos podemos opinar lo que nos parezca, aunque
moleste a otros, sin más límite que los delitos de injurias personales,
calumnias o imputación de delitos falsos y difamación. Pero muchos
periodistas alrededor del planeta han sido amordazados por los medios
propiedad de gigantescos intereses. Por eso vimos hace pocos días que el
propio presidente de los Estados Unidos, fue cancelado y bloqueado en
sus redes sociales propiedad de poderosos multimillonarios
ideológicamente contrarios, pasándose por alto la primera enmienda de su
Constitución. Es aún la primera potencia mundial, el efecto
demostración que de ello derivará, será devastador para las libertades
comenzando por el derecho a decir lo que uno piensa.
Porque a través de la censura, de lo “políticamente correcto” y de
todas las restricciones a la libertad de expresión, tanto en medios como
en redes sociales, se busca neutralizar la fuente misma: el
pensamiento. Y de ahí el camino de las legislaciones contra el
“negacionismo”, y previamente la sanción “social” al que discrepa de lo
que las minorías imponen. Una evidencia más de que la democracia está
desapareciendo en un mundo intolerante. Un hombre que no es libre para
expresarse tarde o temprano deja de pensar.