Sufrimiento y padecimiento

La comodidad de los tiempos nuevos
nos hace sufrir el encierro. Hemos perdido las herramientas para superar
crisis: Ante cualquier situación o desastre se espera que llegue el Estado para
darnos asistencia, recoger heridos o muertos, levantar las casas y, hoy,
proteger empleos. La gente queda indefensa. La influencia de los medios ha sido
fundamental para transformarnos en seres inservibles y lo asumimos sumisamente
como nuestra realidad. Nos acostumbramos a hacer lo que nos place: salidas con
amigos, un café en el centro, fútbol de fin de semana, tertulias, casino,
fiestas o acción política y sindical y siempre estamos delegando en otros que
se organicen cosas y solo nos sumamos para disfrutar.

En comunidades pequeñas como la nuestra, donde el contacto con
nuestros seres queridos es más intenso que en las grandes urbes, podemos
mantener la templanza y la preocupación por los demás. En otros lugares, el
encierro genera patologías mentales imposibles de superar como dejar de lado
las posiciones personales en beneficio del bien común del grupo. Si a eso le
agregamos vicios, agresividad e irrespeto, nos encontramos con un cúmulo de
aberraciones que dañan y destruyen a la familia como grupo esencial de la
sociedad. Es difícil aceptar recibir consejos de buen vivir o simples consuelo,
y las instituciones que podían sembrar semillas de bondad se encuentran
cuestionadas y deslegitimadas y en silencio.

Esta pandemia es pequeña frente a situaciones vividas por la
humanidad desde la época glacial y las cavernas donde el único objetivo era
subsistir y resistir. Recordando a los pobladores de Ciudad Rey Don Felipe y a
los colonos de la Goleta Ancud, unos abandonados a su suerte y los otros a la
espera del retorno del navío, podremos imaginarnos su pesar por el obligado
encierro o entierro en vida en que quedaron. Ellos si que estuvieron
abandonados y debieron unir arrojos para soportar un nuevo mes, semana, día u
hora. Hoy estamos solos en nuestros hogares, ellos tenían la inmensidad y el
paisaje. En ninguna de aquellas ocasiones hubo distracciones como televisión,
juegos o libros y debieron maximizar sus mentes para inventar, crear o
simplemente meditar, elemento básico del crecimiento de las personas. Somos
prisioneros de la televisión y lo que nos entrega, especialmente temores. Lo
comemos sin meditar. Para crecer, debemos liberarnos de esas amarras y podremos
padecer sin sufrir.

 

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