Al
inicio de la cuarentena presagiamos lo difícil que es vivir en un
espacio restringido. Nadie está preparado y menos aún dispuesto. De un
momento a otro nos quedamos expuestos a un freno para intentar detener
el avance gradual y mortífero del virus que hoy altera nuestra
existencia. Cuando la mente está a full produciendo, cuando la actividad
profesional está al máximo, cuando las vacaciones se encuentran lejos
en el panorama y se está en una normalidad tediosa, organizada y de poca
variabilidad, la detención abrupta puede causar un trastorno, estrés y
un daño difícil de superar.
La
pandemia de hoy es un grave accidente sufrido por la comunidad mundial,
donde estamos obligados a mantenernos confinados, como si estuviéramos
internados en una UTI para recuperar nuestros movimientos, sanar
heridas, soldar huesos y evitar morirnos en el camino. Al estar postrado
en cama, con yesos, tubos o sopores, tenemos que entregarnos a los
cuidados de aquellos que nos velarán hasta que el padecimiento sea
superado. Son ellos los responsables de hacer que nuestro cuerpo
recupere su funcionalidad y no estamos llamados a cuestionarlos,
contradecirlos o a rebelarnos.
Hoy,
estamos en la misma situación y las recomendaciones han sido claras.
Por eso resulta incomprensible que exista tanta gente que se sienten
invulnerables y violar sistemáticamente las restricciones impuestas.
¿Tanta es la necesidad de fiestas, ruidos y alcohol? El contingente que
trata de cuidarnos se ve impedido de castigar la tozudez y el sistema
judicial garantista les permite asimilar ese irrespeto a una acción de
simple falta. Las multas anunciadas no asustan a nadie, pues no se
aplican y si lo hacen, es en menor rango de lo esperado (caso del
helicóptero). ¿Se ejecutarán las acciones para cobrarlos? ¿Y si no tiene
bienes o recursos para responder? Años quedarán para actuar y cuando
sean miles los afectados y se haya relajado el problema vendrá una ley
de condonación y todo el esfuerzo se habrá perdido.
La
autoridad tiene que actuar por la fuerza, porque la razón ya no es
entendida ni aceptada. Sanciones contra los infractores que asusten y
molesten de manera real son necesarias hoy. Castigos como la obligación
de cumplir medidas de sanitización social serían efectivas para hacerles
reflexionar, complementados por una decidida acción de la prensa de
mostrar los efectos de la sanción impuesta. La humillación pública es
necesaria a pesar de lo que diga el INDH, mucho más que estar mostrando
por horas a personas recibiendo sus cajas de alimentos o preguntándoles
sobre que sienten mientras esperan enfilas interminables para hacer sus
trámites.