Esta semana hemos sido testigos de hechos lamentables que dan cuenta de la realidad en que se encuentra el planeta. El cambio climático cada día se hace más evidente y sus efectos, en mayor o menor medida, nos impactan a todos.
Hemos visto cómo los incendios a lo largo de distintos continentes generan estragos. En California, cerca de 4 mil casas han sido dañadas bajo un cielo oscuro por el humo negro. Se han registrado evacuaciones masivas y miles de hectáreas quemadas, con daños irreversibles. Ni todo el dinero del mundo pudo contener el fuego. En Francia, 2700 personas tuvieron que abandonar Marsella por incendios durante el mes de agosto. Grecia, más de 57 incendios en 24 horas obligaron a evacuar cinco áreas residenciales. Mientras, Amazonas es un fuego eterno con más de 10 mil focos activos. Estos hechos se suman a los daños de Australia, con 17 millones de hectáreas quemadas el año pasado, en el incendio más devastador de su historia.
El cambio climático ha generado una pérdida de biodiversidad nunca antes vista en el planeta. Hace algunos días la WWF publicó el informe Índice Planeta Vivo y los resultados son dramáticos: el mundo ya perdió casi el 70% de la fauna salvaje desde 1970 y la región más afectada es América Latina, con una caída media de las poblaciones de vertebrados evaluadas por la ONG del 94%.
A pesar de esta desoladora realidad, no hemos estado a la altura. Según el reporte Global Biodiversity Outlook, recientemente publicado por la ONU, los países fracasaron en su compromisos con la biodiversidad durante esta década, ya que no se ha logrado plenamente ninguna de las 20 metas AICHI, y solo seis se han alcanzado parcialmente. Si seguimos por esta senda, la sexta extinción masiva de especies será una realidad en el corto plazo.
Chile tiene grandes oportunidades para contrarrestar los efectos de esta tremenda crisis ecosocial que estamos viviendo. Como país no estamos lejos de alcanzar la meta del 30% de tierra y mar protegidos al 2030. Nuestro vasto territorio nos permite seguir avanzando en la conservación, a través, por ejemplo, de la creación de corredores ecológicos que protejan el hábitat de nuestras especies amenazadas como el huemul. También tenemos la oportunidad de crear espejos de conservación marina, que permitan resguardar con el máximo nivel de protección ecosistemas completos, de cordillera a mar.
Para avanzar en este sentido, necesitamos un cambio profundo sobre la manera en que nos relacionamos con nuestra naturaleza, y dejar de mirarla como fuente de recursos económicos inagotables. Necesitamos una ciudadanía informada e involucrada en los procesos de toma de decisiones ambientales. En este sentido, es lamentable que Chile no suscriba el Acuerdo de Escazú. El Acuerdo de Escazú es una manera concreta y comprometida de tomar decisiones en conjunto para enfrentar problemas que nos involucran a todos, como es el cambio climático y sus consecuencias.