Cuando la enfermedad toca a tu puerta, una nube de incertidumbre te persigue sin dar tregua, que si los exámenes y sus resultados, que si la biopsia y los etc., eso en tiempos normales, pero en pandemia es para enloquecer, la enfermedad tiene como apellido el miedo. Lo descrito anteriormente es la panacea comparado con el calvario que significa enfermar de Covid-19. Si consideramos que es una fortuna ser testeado a tiempo, para así no contagiar a tus seres queridos, refugiándote en una pieza de tu casa o en una residencia sanitaria y además sobrevivir al virus. A esto se le llama un milagro. Pero ¿qué pasa cuando el virus se vuelve agresivo con tu sistema pulmonar, te cuesta respirar, te duele todo y sientes que estás muriendo? Ahí entra el sistema de salud con sus hospitales, los soportes respiratorios y un personal abnegado, que por meses tratan de darnos lo mejor de sí, aunque a veces ya no queden fuerzas, pero sí la vocación de servicio. Lo que tu familia no sospecha, es que al ingresar a un recinto hospitalario se abren las puertas no sólo de la esperanza sino que también, podrán vivirse las penas del infierno en el caso de muerte por Coronavirus. El Estado en su afán de proteger a los chilenos y chilenas frente a esta pandemia, ha generado una suerte de pasadizo hacia la recuperación del paciente, que consiste en su traslado a hospitales con menos carga y que están en diferentes regiones del país. Este método casi siempre exitoso se llama aeroevacuación y contempla el traslado ida y vuelta del paciente una vez recuperado a su ciudad de origen. Ahora, cuando el paciente no resiste el tratamiento invasivo y fallece, se notifica a la familia de que el ticket de traslado era solo de ida y que el retorno de los restos ya no son responsabilidad del Estado. Tal parece que para el Estado tenemos valor sólo si respiramos, tal vez porque volveremos a trabajar y nuestra producción engrosará de alguna manera las arcas fiscales y sin embargo muertos, somos una carga inútil que solo tiene la apreciación familiar, un lazo que persevera por siempre. Es necesario transparentar esta dosis de dolor y ensañamiento gratuita hacia una familia desesperada por dar una cristiana sepultura a su ser querido, arrebatado de forma cruel y a distancia por un virus que arrasa con la humanidad en todas partes del mundo. A estas alturas, después de meses de lucha contra este mal, todos sabemos a través de las noticias, de amistades que han pasado por lo mismo, etc., que mueres y tu destino es una bolsa plástica, eres un desecho tóxico, en resumen… basura. Y no es justo, sano, ni moral. Aún muerto tengo el derecho de ser sepultado en mi tierra, cerca de mi familia y sin dejar como recuerdo un reguero de deudas, esa cuota extra de dolor y desazón sin consuelo, todo porque el Estado y sus autoridades piensan que ya fui, no tengo valor y por lo tanto, ya no tiene deberes que cumplir. La pregunta del millón es… ¿Por qué siempre tenemos que recordarle al Estado, nuestros derechos humanos? Soy chileno/a eternamente, la muerte me limita físicamente pero el recuerdo es imperecedero, después de todo, igual participé en esta batalla y la perdí, soy un héroe chileno anónimo, y como todo héroe tengo el derecho a una sepultura digna por haber servido a este país mientras viví.