El alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, fue enfático en no autorizar la reapertura de los malls.
Los respaldaron otras autoridades comunales.
Nos libramos de su acceso, en época de pandemia.
Estamos enclaustrados en cuarentena.
Yo no aún.
Pero no puedo salir ni recibir visitas.
Me encantaba pasear por el jardín del condominio y dialogar con los vecinos.
Ahora me lo prohibieron.
Me acompañan las técnicas en enfermería que me cuidan.
Me restringieron las atenciones exclusivamente a la del kinesiólogo motor.
No más.
Y una asistencia a la semana del terapeuta ocupacional y de la fonoaudióloga.
Ambos me dejaron estrictas tareas.
Imposible volver a un mall si en algunas oportunidades facultan su reapertura.
Los malls no son sitios de buenas relaciones personales.
Fríos, únicamente con propósitos comerciales.
Hoy es peligroso por el Coronavirus que nos amenaza a todos.
Añoro, en subsidio, las plazas. En ellas se conversaba, se conocía a más amigos.
En Santiago recuerdo la de Armas, en el hito que mide la distancia.
En la planicie, la Catedral, el Correo y la Municipalidad.
En la plaza Baquedano, Italia o de la Dignidad, se celebraban grandes triunfos deportivos.
Hoy es un encuentro de gente de la rebelión contra carabineros.
La plaza Bogotá era la preferida del escritor Enrique Lafourcade.
No
borres de mi memoria la plaza Bernardo O’Higgins de Puente Alto,
frente a la escuela Domingo Matte Mesías. Allí los egresados en 1961
juramos reunirnos siempre.
Lo cumplimos hasta hoy, como exalumnos de los hermanos La Salle.
En el centro de esa ciudad nos juntábamos en la plaza Manuel Rodríguez. Caminábamos en nuestros primeros romances.
Al azar, vuelvo a Valdivia, la ciudad más hermosa de Chile.
La conocí en 1961, un año después del peor terremoto de la historia desde que hay registro.
Me enamoré de la ciudad y de una briosa joven de ojos dulces, hechos de mar y luz.
Reconocí a mi amigo Moisés Muñoz Troncoso y sus padres y hermanas.
Quiero las plazas porque en ellas viven las conversaciones.
Por eso, líbrame del mall, amén.