¿Qué se requiere para ser constituyente?, acaso es suficiente ser chileno y no haber sido condenado por un delito que merezca pena aflictiva, o por el contrario, quienes van a decidir sobre las normas fundamentales que van a regir a nuestro país requieren de otros requisitos, no escritos, que son los más importantes. Al momento de resolver cuáles van a ser los nudos críticos, valóricos, filosóficos, antropológicos y culturales que deben inspirar las futuras normas constitucionales no basta con decir estoy disponible, sino que se debe tener claro que se quiere, y eso es más difícil.
Hemos vivido una generación en que el quehacer político ha quedado entregado a los peores, desafortunadamente ya no conocemos de esos viejos discursos que permitían desarrollar el imaginario de los electores acerca de un futuro donde se pudiera construir una sociedad más justa. Por el contrario, hemos asistido a sucesivos ofertones, donde cada cierto tiempo nuestros mandatarios se encargan de construir ilusiones para luego proponernos obviedades. Es penoso escucharlos e inevitable comparar sus intervenciones con los discursos parlamentarios de Pablo Neruda, en el extremo.
Nuestra clase política cultiva como nunca la demagogia, con muchos aventureros siempre disponibles. No es expresión de democracia que cualquiera puede acceder a tan alta responsabilidad, ni siquiera es cuestión de conocer normas, se requiere la capacidad de poder construir acuerdos fundamentales que nos permitan seguir desarrollando nuestro país, que nos posibilite una mejor convivencia nacional y eso no tiene que ver sólo con el contenido normativo, los técnicos siempre van a estar, pero no siempre vamos a encontrar aquella clase política con mejores luces.
Es una ingenuidad el pretender que esos consensos fundamentales que requiere la sociedad chilena vayan a ser el producto de una licuadora o coctelera social, donde hagamos un “mix” con la participación de todos, se ha perdido un tiempo precioso en que se eludió sistemáticamente el debate político, la deliberación, quizás esta ha sido la peor herencia de la dictadura, el haber satanizado el debate, él no haber permitido durante décadas que se expliciten las diferencias, cultivando la frivolidad. No lo han hecho mejor los partidos en democracia.
En efecto las urgencias, la necesidad del crecimiento económico y de lograr acuerdos indispensables en el corto plazo, también nos alejó del debate político, porque el culto de lo inmediato es contrario al pensamiento reflexivo, y esta inmediatez nos acerca mas a la política del matinal, tan perniciosa como la prohibición, nadie sensato se imagina un presidente de capa y disfraz en la Moneda.
Esta es una responsabilidad difícil de aceptar para los partidos de la centro izquierda donde se instaló una casta política aplicada a la generalidades, a los discursos que sólo recogen espacios comunes, no se entra al análisis sino que se aceptan dogmas y consignas, no se habla de derechos fundamentales sino que de expectativas, no de su desarrollo, ni cómo abordarlos o de cómo financiarlos, prueba de ello es el reciente proyecto legislativo sobre el retiro del segundo 10%. Al respecto, no se nos ha dicho que ya dos millones de chilenos no tendrán fondos previsionales, y que otros dos millones no alcanzarán el mínimo. Luego, en nada los perjudica si su destino ya es la pensión asistencial. A su vez, una inmensa mayoría de los que restan no están dispuestos a compartir sus fondos de la AFP en un fondo solidario, sino que, por el contrario, privilegian que una mayor imposición vaya a sus cuentas privadas.
Lo mismo ocurre en la educación, donde se impuso un sistema contra la voluntad de los padres que marchaban por continuar con la educación particular subvencionada, o sea, se convocó sin escuchar a los padres, alumnos y profesores, y terminó en un fiasco sin resolver, podemos sumar muchos ejemplos, en que el denominado progresismo no da el ancho, no genera espacios, ni siquiera expectativas razonables de un futuro mejor.
En el reciente plebiscito el pueblo de Chile, nos asignó una tremenda responsabilidad, elegir bien importa tener la convicción que nuestros constituyentes van a tener el nivel intelectual, la jerarquía, la formación y la integridad para representarnos, sino vamos a seguir teniendo demagogia, irresponsabilidad y una Constitución que va a ser, en el mejor de los casos, una copia de la actual con ligeras y populares modificaciones que satisfagan al vulgo, por eso no basta con decir yo también quiero y estoy disponible, sino que se deben exhibir credenciales, competencias y una trayectoria que permita a la asamblea constituyente reconstruir las confianzas perdidas.