Con
más de un siglo de historia mantiene su luz triunfante, iluminando la
ruta de afligidos navegantes, historia que marca un hito fundamental el
18 de septiembre de 1896, en medio de condiciones meteorológicas
adversas, encendía su fanal uno de los faros más aislados y complejos
existentes en el mundo, parte de una historia capital llena de vidas
consagradas al sacrificio y al honor, la cual aún se continúan
escribiendo en un promontorio rocoso en la zona austral de nuestra
Patria.
El
suboficial Faro Roberto Araneda, en una hermosa tonada acompañada con
guitarra señala “Mirando hacia el horizonte la tierra que sobresale se
encuentra el “Evangelistas” iluminando los mares”, transportando a
aquellos legos en la materia a las vivencias y experiencias de estos
hombres que escriben historias entre mar y soledad en uno de los
rincones más inhóspitos de las aguas australes.
Erguido
en la boca occidental del Estrecho de Magallanes, Faro “Islotes
Evangelistas” o “La Roca” como le llaman los fareros, es demostración
del triunfo de la voluntad y la audacia de hombres, los cuales superando
inhóspitas condiciones, escribiendo una historia que cruza tres siglos y
que aún sigue iluminando al navegante, controlando la navegación y
protegiendo a aquellos que surcan las complejas aguas oceánicas de las
latitudes australes.
Ubicado
a 13 millas del continente las condiciones climáticas en aquel peñón
oceánico son extremas, con un promedio anual de precipitaciones de 2.000
a 3.000 milímetros, vientos sobre los 120 kilómetros por hora, con
temperaturas a veces inferior a los -15 grados Celsius y temporales con
olas que superan los 20 metros de altura, operando sin descanso ni
receso siendo mantenido por cuatro fareros en casi total soledad.
Los
estudios de su construcción comenzaron en diciembre de 1892, por el
Teniente Primero Baldomero Pacheco, quién al mando del Escampavía
“Cóndor”, definió el lugar más apropiado en los Islotes Evangelistas,
realizando un detallado informe que el entonces Gobernador de
Magallanes, Capitán de Navío Manuel Señoret, remitió a las autoridades
nacionales recomendando realizar la obra a la mayor brevedad.
El
hombre a cargo de concretar dicha tarea fue el ingeniero escocés George
Slight, quien viajando a la zona de los islotes, a bordo del vapor
“Potosí” a principios de mayo de 1894, registró en su diario “nunca me
hubiera imaginado ver algo tan agreste, salvaje y desolado, como esas
rocas oscuras emergiendo en medio de las embravecidas olas”.
Continúa
señalando Sligth “ver estos peñones borrascosos era realmente
sobrecogedor. Con una tenue claridad en el horizonte se podía ver
grandes olas rompiendo fuertemente en la parte oeste de los islotes. Una
visión que difícilmente alguien pueda imaginar”.
El
25 de mayo de 1894, los ingenieros Slight y Luis Ragosa inspeccionan
personalmente el islote, comenzando en abril del año siguiente, junto a
un equipo de trabajo escogido para realizar esta difícil y arriesgada
obra. Primero se construyó
un estanque de captación de agua, se abrió un camino en la roca, además
de instalar un pescante (grúa de operación manual) en el costado del
acantilado por donde se izarían los bultos y materiales, siendo
acondicionada una pequeña cueva existente para guardar material y
almacenar provisiones.
El 7 de noviembre de 1895, se izó la bandera chilena y fue colocada la primera piedra de la torre del faro.
En
una piedra labrada, se depositó una caja de plomo conteniendo monedas
chilenas e inglesas, más un acta firmada por Slight, Ragosa y algunos
obreros. Para mayo de 1896 la torre de 13 metros estaba terminada y
lista para recibir el fanal, el cual fue instalado el 30 de agosto.
El
18 de septiembre de 1896 se encendió el faro por primera vez, siendo
las naves “Iberia” de la Pacific Steam Navigation Company y “Menes” de
la naviera alemana Kosmo las primeras en ver su luz el 20 de septiembre
de 1896.
Hoy
Faro “Islotes Evangelistas” continúa iluminando al navegante, siendo el
lugar donde hombres y mujeres al servicio de la Patria continúan
escribiendo una historia en el Estrecho de Magallanes, guiando a los
navegantes y demostrando con
cientos de historias de sacrificio y entrega que “el corazón de un
farero no late, destella”, siendo demostración del compromiso de nuestro
país con la ayuda a la navegación, manteniendo una densa red de boyas,
balizas y faros con el objetivo de salvaguardar la vida humana en el
mar.
Aquellos
“fareros del fin del mundo” son servidores navales especiales, que
entre viento y soledad tienen clara su misión que es proteger al
navegante, siendo herederos de la epopeya de George Sligth con su gente,
quienes en una roca en medio del mar lograron construir lo que está
fraguado en el corazón del marino, junto a su entrega y el sacrificado
servir a la Patria.
A
126 años del inicio de aquella epopeya aún se continúan escribiendo las
páginas de una historia única, la cual es un punto de encuentro
fundamental con la fuerte vocación marítima de nuestra nación,
recordándonos el incesante y silencio trabajo sin descanso que miembros
de la Armada de Chile realizan en los lugares más aislados de nuestro
territorio nacional, aportando al Desarrollo y Accionar del
Estado,
resguardando la Seguridad e intereses Territoriales, así como
proyectando su progreso y prosperidad, historias que se escriben entre
mar y soledad.