Un refrán popular dice que “donde hubo fuego, cenizas quedan” y esa es la amenaza que pende sobre numerosos inmuebles que han sido destruidos por incendios y que hoy sirven de refugio a indigentes, borrachos o personas en situación de calle.
Después de las tareas bomberiles y la ayuda para quienes ocupaban esos inmuebles, se desarrolla un período en que los legítimos dueños de esas propiedades debieran proceder a realizar los trabajos necesarios para repararlos y, en la gran mayoría de los casos, volver a habitarlos.
Allí hay revisiones e instalaciones de nuevas redes eléctricas domiciliarias; del sistema de calefacción a gas y hasta lo referido al agua potable y el sistema de evacuación de los servicios higiénicos.
Además, y en forma paralela a esos trabajos, se despejan y se retiran los escombros y los restos del mobiliario que fueron afectados por las llamas.
También, pero no en todos los casos, se procede a reparar los cercos y portones, a fin de impedir que personas ajenas a la casa siniestrada la ocupen en las noches, para pernoctar en ella, sin autorización, naturalmente.
Y aquí es donde comienzan los problemas.
Cuando los dueños de los inmuebles incendiados no ejecutan los trabajos necesarios para recuperar materialmente sus viviendas, están quedan a merced de personas en situación de calle, de vagos, de alcohólicos, de drogadictos y hasta de delincuentes.
En esos inmuebles, en alguno de los cuales hasta hubo muertes a causa del humo y las llamas de los incendios que los afectaron, sesiona lo que algunos vecinos denominan “la cofradía de los borrachos”.
Esta singular cofradía no tiene jerarquía establecida, tiene sus propios códigos y lenguaje y se basa, principalmente, en el aporte que sus “socios” hacen para el licor y la comida que comparten por las noches y por las madrugadas que, ya por estos días, traen bajas temperaturas y hasta escarcha, lo que se intensificará a medida que se acerque la temporada invernal.
Aumenta el peligro
Pero esta “cofradía” es tenaz en su estilo y se las ingenia para contar con techo, aunque sea ajeno; colchones; muebles viejos y hasta frazadas y vestuario y así, es posible apreciarlos durmiendo, bebiendo o acurrucados en medio de maderas carbonizadas, tendidos sobre cartones y acariciados por el calor de una fogata cercana.
Y aquí radica el riesgo mayor
Esas fogatas podrían, perfectamente, en esas viviendas ya incendiadas y casi abandonadas por sus dueños, provocar un nuevo incendio, cuyas consecuencias son imprevisibles, pero que, de todas maneras, amenazan con llegar a una nueva tragedia.
No es fácil huir de esos lugares, porque las vías de escape están llenas de maderas y escombros; es difícil llegar hasta una de las ventanas sin vidrios y saltar a la calle en pos de un escape y de la necesaria protección al aire libre: la oscuridad, el estado de embriaguez, las dificultades físicas y mentales harían más difícil poder escapar de un eventual incendio para los ocupantes de esas casas semidestruidas por fuegos anteriores.
Pero eso no es todo.
La llegada y la salida de la singular “cofradía” en los sectores donde hay casas que funcionan como “sedes” -en Bellavista, por ejemplo, y sólo por señalar una sola, porque hay más- alteran la tranquilidad habitual de los residentes de esos barrios, porque los “socios” que llegan proceden a “machetear” a los desafortunados transeúntes que circulan por el sector; orinan y algo más en las veredas o en el interior de las casas que decidieron utilizar o generan grescas que han llegado a agresiones no sólo verbales, en más de una ocasión.
No se sabe si esas personas fueron censadas. Se ignoran sus identidades; si tienen familia aún o si la tuvieron alguna vez; si son nacidos en Magallanes o vinieron de otras regiones del país o de la Patagonia argentina: son personas de pasado desconocido, de presente incierto y de futuro más incierto aún.
Una forma magallánica de ser o parecer “okupa”… con todo lo que ello significa en esta región austral.