Unos 400 adultos mayores se encuentran en riesgo de sufrir problemas mayores a los que hoy día enfrentan, singularmente, en una región como la nuestra, la cual tiene el mayor número de personas de edad avanzada que registra el país.
Y ¿cuáles son esos problemas que enfrentan hoy y, desde hace años, muchos de ellos?
El primero es el de la salud, con cuadros de hipertensión, diabetes, deficiencias cardíacas, renales y respiratorias.
El segundo, es el de diversos grados de discapacidad: visuales, articulares y musculares.
El tercero de esos problemas es de tipo sicológico y siquiátrico, como la demencia senil o la arterioesclerosis.
Pero, aún así, 18,2 por ciento de nuestros 28 mil 940 adultos mayores vive solo, viendo pasar los días sólo con los escasos vecinos de entonces, con socias de centros de madres o de clubes de ancianos.
Clarita B. C, de 79 años, defiende su decisión de vivir sola a su edad: “No molesto a nadie. Nadie me molesta; como lo que preparo yo y a mi gusto. Me levanto a la hora que quiero y veo el canal que quiero en mi televisor y cuido mi pensión y la que me dejó mi difunto marido, pero la manejo yo y nadie me reta por mis manías, por mi orden en la casa, aquí en la 18”.
Entereza, orgullo y tranquilidad
De todo un poco, porque sus ojos claros se visten de pena cuando cuenta que tiene tres hijos varones y una mujer, siete nietos y dos bisnietos que “a veces aparecen un domingo o un sábado o para la Pascua y Año Nuevo o nos encontramos en la misa de difuntos de su padre o de sus tíos”.
Y ese es el problema mayor de los adultos mayores: la soledad que se han construido, voluntariamente o no. O el abandono al que lo han lanzado sus familias.
Las distintas organizaciones que giran en torno a los clubes de la Unión Comunal de los Adultos Mayores, la UNAP, la Cruz Roja, la Red de Voluntarios, sólo por mencionar algunas, porque son varias más, despliegan esfuerzos y los medios limitados que reciben del municipio, por ejemplo a fin de paliar esas situaciones, que manejan con mucha reserva, criterio, tacto y tino porque “muchos casos son desgarradores y afectarían a familias que la gente no se imagina”.
Y estos dramas son, esencialmente, urbanos y pueden darse, incluso, a la vuelta de la esquina o cerca de la casa de algún lector, porque el 96,8% de nuestros adultos mayores reside, vive o sobrevive en la ciudad y apenas un 3,2% se encuentran en los sectores rurales que, por sus especiales características, no tienen los problemas que afectan a “los abuelitos urbanos”, como cariñosamente se les llama.
Claro, porque, pese a todo, sólo un 12,3% de los adultos mayores son dependientes, contra el 24,1% de la estadística nacional y aunque poco más de un tercio de ellos participa en algún club, el 63,3% prefiere quedarse en sus casas y no participa en organización alguna.
Y no es por falta de información o educación: el nivel de escolaridad de los adultos mayores en el país alcanza a los 7,2 años y en Magallanes, ese nivel se empina a 7,6 años.
Como puede apreciarse, nuestros viejos robles y nuestra hermosas lengas que ya superan los 65 años, al menos, están hechos de la mejor madera, la más resistente.
Son de esos árboles que, tal vez no hayan estado cerca de un río, con agua abundante y la protección del bosque, sino que han sabido aferrarse y resistir, con raíces incrustadas en terrenos pedregosos, con poca agua y desafiando el viento, el frío, la escarcha y la nieve.
O sea, están hechos de madera magallánica, aunque sus semillas hayan germinado en otros lugares de Chile y del mundo, pero crecieron y dieron frutos en estas tierras australes de Chile.