Columna | “Rotear al pueblo”

La
izquierda, tan asidua a hablar de la conciencia del pueblo cuando
espera el apoyo de los ciudadanos, rápidamente se ofusca cuando las
personas no se ajustan a lo que ellos creen.

Entonces,
los desprecian mostrando el sesgo clasista desde el cual surge toda su
supuesta sensibilidad social y justiciera, porque se consideran
superiores al resto de los mortales.

En
el fondo se creen más inteligentes, más conscientes, más nobles e
incorruptibles, e incluso capaces de iluminar la política. A la vez,
opinan que las personas, los comunes y corrientes, son simples alienados
sin consciencia social ni “de clase”, víctimas de la publicidad y los
medios de comunicación.

Ellos
en cambio, serían los iluminados que, con consistencia ideológica,
entienden cuál debe ser el destino del conjunto del pueblo. Sin decirlo,
se consideran a sí mismos como lo que Dmitri Písarev describía como “la
nueva gente”, aquella que no peca, siempre reflexiona y sólo comete
errores de cálculo.

En
general, las personas de izquierda se presumen como sacerdotes que
salvarán del pecado neoliberal a una feligresía perdida en el vicio del
consumo y la cultura de masas. Suponen que ellos, ilustrados e
instruidos, pueden llevar a las personas a una forma de vida superior y
más digna bajo las lógicas socialistas, a las cuales los ciudadanos
aspirarían si fueran más conscientes y no esclavos de su “yo empírico”,
miedoso e ignorante.

No
es raro que los promotores de la justicia social, el gobierno
omnipotente y el igualitarismo se vanaglorien a sí mismos y a sus
compañeros por su elevada moral, su consistencia de clase y su
compromiso en favor de los desvalidos. Todo lo anterior, mientras
despliegan sin tapujos su desprecio contra aquellos, desclasados y
fachos pobres, que no les siguen en el amén, tal como lo hizo el
diputado comunista Hugo Gutiérrez.

Y
es que al igual que Lenin, que no era ningún obrero matándose el lomo
en las canteras sino un abogado de origen noble e hijo de un alto
funcionario zarista, los mal llamados líderes progresistas no luchan por
la justicia ni la libertad del pueblo sino por la sucesión en el poder,
porque en el fondo su presumida consistencia de clase responde
esencialmente a su condición privilegiada, de haber sido educados para
mandar. Por eso, fácilmente desprecian a la gente. Y por lo mismo,
aunque el diputado Gabriel Boric llame a cultivar la humildad frente al
pueblo, en ellos solo existirá como una impostura discursiva.

Bakunin
advertía con justa razón del peligro autoritario que podría surgir de
aquellas minorías intelectuales y privilegiadas que creen que comprenden
y perciben mejor los intereses reales de los individuos y el pueblo. No
es raro que a partir de esa concepción sobre sí mismos como paladines
de la justicia social, surja su desprecio por los ciudadanos y sus
decisiones, ya sea como apoderados, consumidores y votantes.

Peor aún, como personas.

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