“Soy profesor primario y rural, normalista, titulado en la Escuela Normal Rural Experimental de Victoria”. Así se presenta el maestro jubilado Emilio Rolando Vera Romero, de la generación 1961, “imitada pero jamás igualada”, dice entre risas. Luego, con evidente orgullo, agrega que “en la gloriosa Normal de Victoria”.
Al mirar por el retrovisor de su vida, cuenta que ejerció la docencia por casi 46 años. Toda una vida dedicada a la enseñanza de los niños. Con una memoria prodigiosa enumera los lugares y las fechas que construyeron su trayectoria profesional. “Empecé a trabajar en la Escuela Rural N° 16 de Los Prados, en Lautaro. Luego, el 12 de abril de 1966, luego de postular, me hice cargo de la dirección de la Escuela
N° 2 de Tierra del Fuego, que estaba situada en el campamento Manantiales de ENAP.
Ahí estuve casi diez años. Posteriormente crucé a Punta Arenas, el año 1975, estuve de director de la Escuela de Adultos N° 45. Después, en diciembre de 1976, me hice cargo de la Escuela de Río Seco, donde estuve hasta 1981, año en que llegué a la Escuela N° 12, actual Juan Williams, en la que impartía Música. De ahí me fui a la Escuela de Playa Norte, donde en 1984 asumí como inspector general. En 1992 gané un concurso y volví como director a la Escuela Juan Williams. Terminé mi carrera en la Escuela Paraguay, donde permuté el cargo con el colega que jubilaba”, sentencia.
– Profesor, ¿cuál diría que es la diferencia que existe entre la formación que usted recibió y las de los docentes actuales?
“Ya llevo algunos años fuera. Entonces no creo que sería justo para la mayoría dar una opinión de lo que es la formación ahora, porque la verdad de las cosas es que estoy medio alejado de eso”.
– ¿Qué lo animó a emprender esta carrera?
“Creo que es el espíritu el que anima al maestro, que actualmente no es el mismo o al menos yo no lo veo como era el nuestro. Nosotros salíamos preparados para todo. Entrábamos a primer año luego de la educación primaria y teníamos que ser uno de los tres primeros lugares de la escuela para poder postular a un examen de ingreso a las Escuelas Normales, que en esos años -1956- me parece que eran trece las fiscales, más algunas particulares”.
– ¿Qué se les enseñaba en las Escuelas Normales?
“Allí, desde el primer momento se nos inculcaba que debíamos sacar, como normalistas rurales, del oscurantismo a toda esa población diseminada en los campos de Chile, puesto que en ese tiempo había todavía mucho analfabetismo y abandono en lo educacional y cultural”.
– ¿Cómo era la vida de un maestro rural?
“Nosotros teníamos que afrontar todo y los maestros nos decían desde el principio que quienes debían solucionar los problemas de la gente campesina, éramos los profesores, que no íbamos a salir sabiéndolo todo, pero sí que debíamos ser capaces de decirles a las personas que lo que no sabíamos lo solucionaríamos en un breve tiempo”.
-¿Cuáles eran sus labores?
“Desde luego hacíamos de todo: educación física, actividades artísticas de todo tipo y debíamos ser capaces de dirigir el Himno Nacional. No podía haber ningún profesor que egresara de la Escuela Normal de Victoria que no fuera capaz de hacer eso. Además, cantar y jugar con los niños, no solamente afrontar los ramos pedagógicos que incluía el plan de estudios, sino también las cosas que ocurrían en el diario vivir. Creo que por ahí también hay una situación que diferencia a los normalistas de los profesores de ahora, que mayoritariamente egresan con alguna especialidad, de tal manera que si se ausentan, los niños no van a ser bien atendidos. Eso es lo que yo veo. Por cierto, los culpables no son los niños ni los profesores”.
– En su opinión, ¿se debieron haber cerrado las Escuelas Normales?
“Sólo puedo decir que hicieron un tremendo daño al cerrarlas”.
– Desde su perspectiva, ¿cuál es la clave de la educación?
“No soy partidario de que se seleccione en las escuelas básicas, pero sí a quienes van a ser profesores, porque desde hace un tiempo ingresan los que pueden costearse la carrera o quienes sin tener el ánimo de serlo terminan ahí por diversas razones. Nosotros recibimos nuestra educación como internos, becados, con alojamiento, éramos bien atendidos”.
– ¿Qué venía después de eso?
“Debíamos cumplir un perìodo de ruralidad y ser capaces de afrontar el trabajo pedagógico en esas condiciones, muchas veces solos. Solamente a los cinco o seis años de ejercicio teníamos derecho a postularnos a la ciudad. Ahí se veía la verdadera vocación del profesor”.
“Nosotros salíamos preparados para todo. Entrábamos a primer año luego de la educación primaria y teníamos que ser uno de los tres primeros lugares de la escuela para poder postular”.