Dos estilos opuestos para una crisis aún sin control

Magallanes
es en sí misma una gran encrucijada, un punto de inflexión. Lo fue hace
500 años cuando una minúscula flota cambió el mundo, con solo atravesar
sus aguas. Lo fue este verano, cuando turistas extranjeros trajeron
consigo, probablemente, las primeras y más masivas semillas del
Coronavirus al territorio nacional, al punto que el entonces ministro de Salud, bautizó ese episodio como “el brote de los cruceros”.

Ese ministro era Jaime Mañalich quien el 24 de abril arribaba
a un Punta Arenas agobiado por casi un mes de cuarentena total. En un
mes, el número de contagiados había subido 10 veces de 63 en marzo hasta
más de 600 en lo que iba de abril. La capacidad hospitalaria estaba al
borde del colapso. Cuatro pacientes habían tenido que ser aeroevacuados a
Santiago, donde uno de ellos ya había fallecido.

Junto
con esa visita, el ministro traía consigo dos ventiladores mecánicos
adquiridos en China gracias a un extraordinario despliegue de esfuerzos
públicos y, muy particularmente, privados quienes protagonizaron una
odisea sorprendente por arrancar esos aparatos de las redes que por todo
el mundo trataban desesperadam
ente
de apoderarse de la esperanza de vida que tales máquinas representaban.
De hecho, el propio vuelo a Magallanes fue fruto de una iniciativa
solida
ria de Latam.

Esa
crisis fue finalmente superada y el 6 de mayo se levantó la cuarentena
y, entonces, fueron seis los ventiladores mecánicos que abandonaron del
territorio regional para reforzar la lucha contra la pandemia en el
resto del país. Incluso, posteriormente personal de salud fue enviado a
Calama a apoyar estas labores.

La
gestión de Mañalich, con una amplia trayectoria en el sector privado de
la salud, recibió el apoyo decidido de la Confederación de la
Producción y el Comercio (CPC), que lograría traer más de 500 de estos
aparatos vitales para salvar miles de vidas en las semanas siguientes,
cuando, finalmente, la pandemia originada muy probablemente en
Magallanes, llegó a la Región Metropolitana donde recrudeció hasta
alcanzar los seis mil contagios al día.

Aquello
marcó el final del políticamente incorrecto, Jaime Mañalich, quien
había logrado montar el enorme despliegue material que permitió
enfrentar lo peor de la crisis, pero que en el proceso tendió y rompió
numerosos puentes con poderosos actores como el Colegio Médico, los
alcaldes, los gremios de la salud estatal y municipal, algunas
sociedades científicas e, incluso en último término, tendría
divergencias con la OMS por las cifras oficiales de la pandemia, lo que a
la postre sellaría su salida.

En
las semanas siguientes después de su renuncia, la crisis sanitaria
empezaría a remitir en la Región Metropolitana y la mayor parte del
país. Poco a poco, semana a semana, las cifras de contagiados fueron
retrocediendo hasta que su sucesor pudo empezar a hablar de “leve
mejoría” y luego “desconfinamiento paso a paso”, un proceso que ya suma
la mitad de la población de la Región Metropolitana.

Y
sin embargo, exactamente hace una semana, otra vez los hechos
parecieron vivir en Magallanes un nuevo punto de inflexión, cuando la
opinión pública nacional observó estupefacta el inesperado actuar del
ministro Enrique Paris, quien había hecho del diálogo y la cooperación
con los distintos actores del cuerpo social, su sello distintivo para
enfrentar la actual crisis.

Pero
ahora, ese mismo ministro, repentinamente, cambiaba de tono y ante todo
el país exhortaba, con brutal franqueza, “a la máxima autoridad
sanitaria de Magallanes que depende de este ministerio, a cumplir con
sus obligaciones para mejorar las cifras de contagio”.

Salvo
él, todo Chile entendió que la aludida era la seremi de Salud, Mariela
Rojas, quien renunció con el mismo tono destemplado, recriminándole que
hasta entonces, nunca le había dado señal alguna de disconformidad con
su gestión y calificando, también en público, su actuar como
irresponsable.

Detrás
de la polémica estaba el hecho que Punta Arenas volvía a caer en
cuarentena total, en tan sólo dos semanas. Y al igual que otras comunas
de Magallanes, los números seguirían empeorando de modo alarmante en los
días siguientes a lo largo de toda esta semana.

Y Magallanes no era la única zona del país que retrocedía. Al igual que en marzo, pronto otras zonas empezaron también a mostrar cifras cada vez peores.

El
jueves, el Gran Concepción volvía a la cuarentena total, mientras en
contraste, nueve comunas de la Región Metropolitana, incluidas las
populosas Florida y Maipú, avanzaban hacia la transición en medio del
temor de sus alcaldes.

Mientras eso ocurría, en un Punta Arenas en cuarentena otra vez la ocupación de camas en la Unidad de Pacientes Críticos del Hospital Clínico
volvía a ser la más alta del país. Y es que Magallanes, esta
encrucijada del fin del mundo, probablemente esté dando una nueva y
ominosa señal hacia el futuro. Pero ahora, la respuesta está en otras
manos.

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