El Pasaje Aconcagua recuerda al río más importante de la Quinta Región de Chile.
A
ese curso de agua nacido en la Cordillera de Los Andes y que pasa por
ciudades como Los Andes, precisamente; San Felipe; Panquehue; La Calera;
Quillota y desemboca en el Pacífico por el sector de Con Cón, regando
valles hortaliceros, frutícolas y vitivinícolas, aparte de proveer de
agua potable a más de la mitad de la población de esa región.
Aconcagua
es sinónimo de importante, poderoso (pese a que la reciente sequía lo
tiene venido a menos), servicial y su caudal lleva aguas no
contaminadas, en exceso, al menos.
Pero,
Aconcagua, en Punta Arenas, tiene otra imagen: la de un pasaje muy
útil, pero que amenaza con transformarse en un problema sanitario y
estético para los residentes en él.
El
Pasaje Aconcagua une el Barrio San Miguel con el populoso Río de La
Mano, desde Pérez de Arce, a poca distancia del cruce con Zenteno, hasta
casi la calle Teniente Serrano, en la parte baja del Río de La Mano.
Los
irresponsables que nunca faltan amenazan con transformarlo en uno más
de los muchos basurales clandestinos que afean a una ciudad turística
como Punta Arenas.
Pero eso no es todo.
La
pendiente del Pasaje Aconcagua constituye un obstáculo poco menos que
insalvable para los numerosos adultos mayores que lo han utilizado desde
siempre; para los peatones que van y vienen y para numerosos
estudiantes del liceo María Behety de Menéndez, ubicado a poca
distancia, en la calle Prat.
No
es sólo la pendiente: también hay barro maloliente; basuras y
desperdicios y el riesgo de caídas, especialmente cuando, en el período
otoño – invierno, está cubierto de escarcha y nieve.
Por
si no fuera suficiente, la presencia de numerosos perros, algunos
callejeros y otros que se escapan de los patios de las casas de sus
amos, también constituye un riesgo para todos quienes transitan a pie
por el Pasaje Aconcagua.
Hace
un tiempo, y a instancias, principalmente de los Hermanos Canales, se
pavimentó la calle Pérez de Arce, pero sólo hasta la Avenida España; se
construyó un mirador y el sector cambió de fisonomía.
Pero
el Pasaje Aconcagua siguió olvidado, evidenciando que la construcción
de un tramo de escaleras de concreto y pasamanos metálicos, no fue suficiente para darle la importancia urbana que tiene.
¿No
será hora de que se le haga “un cariñito” a ese Pasaje Aconcagua, tan
útil, tan servicial, pero tan olvidado de las autoridades y que ha
llevado a los vecinos a poner esta situación en nuestro conocimiento?
Y allí estuvimos y serán los vecinos y nuestros lectores los que digan “El Pingüino estuvo ahí”.
La solución queda en manos de las autoridades que corresponda.