“Iba en mi camioneta, bajando Monte Gallina, rumbo a uno de mis campos y con el sol, por suerte, a mis espaldas porque, de súbito, un guanaco saltó el alambrado, pasó la berma y se cruzó, de derecha a izquierda… No me dio tiempo a esquivarlo y lo alcancé de refilón en el cuarto trasero… Por suerte saltó, pero adiós al foco izquierdo, un apretón con el cinturón de seguridad en pecho y costillas y el reto de mi señora por haber proferido tantos insultos en tan poco tiempo, si pareces cosaco del Don, me dijo”.
¿A usted, estimado conductor de vehículos motorizados – autos, camionetas, buses o camiones – le ha ocurrido algo parecido a lo que narró J.S.T., 56 años, un ganadero regional que pidió estricta reserva de su identidad?
Y otro caso
“Rumbeaba hacia el sur de Tierra del Fuego, con un camión mediano, hace como tres meses y divisé, a lo lejos, un grupo de guanacos que estaban cerca de dos ejemplares ya adultos que se atacaban, se mordían y se correteaban que era un gusto, cerca del alambrado de una vega, a corta distancia del camino, cerca del cruce en Onaisin”, contó A.B.M., 63 años, transportista.
“Y de repente, uno de esos animales corrió hacia el camino, saltó como dos metros, limpiecito, y se me vino encima, obligándome a un frenazo de Padre y Señor mío, porque si no, lo agarraba con todo y ahí sí que adiós, capot, focos y hasta parabrisas y hasta pude volcarme. Y allí se quedó el bicho ése: solo, sobre un cerrito bajo y mirando a la manada que se alejó hacia el otro lado. Menos mal que iba atento, porque si no, no se la estoy contando” y partió todavía enojado.
… Y más…
“Yo sé que estoy en grave falta porque las armas, aunque inscritas, no se pueden transportar, o sea portarse, y yo tengo un rifle “pajero” de buen calibre y cuando debo ir a Puerto Natales por razones comerciales y voy a regresar tarde, lo llevo no más, usted sabe, Juan Segura murió de viejo”.
“Iba por Bonvalot arriba y al doblar una curvita en el sector, se me cruzó un guanaco, uno solo y le di de lleno con mi auto. Gracias a Dios no me cayó encima ni me rompió el parabrisas, pero dañó ambos focos y toda la parte delantera del coche. El animal se levantó medio atontado y sabe lo que yo hice: saqué el rifle (no le voy a decir dónde lo guardo dentro del auto) y junto con mi rabia, le descargué varios tiros y allí quedó, berma abajo, medio oculto cerca de unos arbustos y me devolví a Punta Arenas donde la gracia me costó trescientas veinticinco “lucas”, más otras quince para reponer las balas que gasté”.
Don Alberto, nombre ficticio por supuesto, agregó que tiene claro lo del arma (es un cazador y pescador, con sus licencias al día) y como tal, sabe que el guanaco es una especie protegida: pero pregunta “¿Y a nosotros, quién nos protege? Y yo le digo: el Chapulín Colorado sale en la “tele” aunque Chespirito, su creador, haya muerto no hace mucho, era ficción y no protegía a nadie”.
Carlos y su familia
Carlos O. F., de 41 años, decidió llevar a su familia al Parque Nacional Pali Aike, en el último verano que pasarían en Magallanes antes de regresar al norte del país y asumir sus tareas profesionales en la unidad de las Fuerzas Armadas a la que el mando lo destinara, al cabo de seis años en la región.
“Era el último que nos faltaba por conocer, así que preparamos todo lo necesario para salir muy temprano y disfrutar de un lindo día de campo: dos neveras, un par de termos con agua caliente, un pollo asado (somos cinco: mi señora, tres niños menores de quince años y yo) y partimos hacia San Gregorio”.
“Todo muy bien, excepto los autos y camiones en la ruta, argentinos en su gran mayoría, hasta poco más allá del cruce a Cañadón Grande porque, de improviso y no sé de dónde, una tropilla de guanacos se cruzó en la carretera: frenazo, gritos, y me salí del camino, peleé con el volante para seguir en la berma y no caer a una zanja no muy profunda, pero que si hubiera caído, nos volcamos. Quedamos tan asustados que ni siquiera tuvimos ánimo para, ya abajo del auto, agarrar piedras y lanzárselas a los animales – creo que era unos siete – que estaban al otro lado del alambrado. Fuimos hasta las cercanías de Pali Aike, vimos muchos más guanacos, pero nos vinimos temprano y a baja velocidad porque quedamos asustados, todos y menos mal que no nos pasó nada más grave, Pero, Cuidado y con mayúscula, con esos bichos”, finalizó Carlos (y esto fue a comienzos de enero, no más).
Enemigo de choferes
Oficialmente, nos dicen altas fuentes policiales, que no hay denuncias formales acerca de estos hechos, pero sí consultas y solicitudes de medidas de protección.
Ello se da en Villa Tehuelches, en Morro Chico, San Gregorio y Monte Aymond, donde se previene a los conductores de vehículos motorizados no sólo acerca del estado de los caminos, del clima, de la necesidad de mantenerse atento a las condiciones del tránsito, sino que, también, acerca de la posibilidad de enfrentar la presencia de guanacos, chingues, ñandúes o armadillos en las calzadas de las rutas.
También hay alguna señalética carretera que lo recuerda y pide protección para ellas y, particularmente, en el área jurisdiccional de Carabineros de San Gregorio, un patrullaje frecuente y “correteo de algunas manadas de guanacos” por parte de sus funcionarios, como lo confidenciaron algunos automovilistas, con una sonrisa entre agradecida y socarrona.
Pero siempre será mejor prevenir que lamentar y que no ocurra lo que le ha pasado a más de un conductor de vehículos motorizados en las rutas patagónicas: arrollar a uno o más guanacos, con lamentables consecuencias para todos.
Padre de “Chulenguitos”
Es que cada guanaco macho pesa unos 70 kilos y alcanza una altura de hasta un metro y 20 centímetros y, a veces, más; las hembras son un poco más menudas, pero nunca tan flacas, y sus crías, los hermosos “chulenguitos” pesan unos 15 kilos: la fuerza de impacto con un vehículo motorizado a 100 kilómetros por horas, es mejor que la calcule usted, amigo lector.
Y siempre atento, porque estos camélidos australes son muy abundantes en la Patagonia y en la isla de Tierra del Fuego (donde los brotes de renovales sufren con ellos) y aunque sólo hay estimaciones estadísticas, puede hablarse de miles de ejemplares, ya que en una zona protegida, como lo es el Parque Nacional Torres del Payne, se estima que existen 43 ejemplares por cada cien hectáreas.
Y aléjese de esas manadas donde aprecie que hay dos ejemplares, dándose con todo: son machos disputándose una o más hembras y uno de ellos saldrá disparado en cualquier dirección si pierde (ojalá no sea en dirección a su vehículo).
Y aléjese también si ve que una hembra (ya le ilustré, es más menudita) es perseguida por otro ejemplar, que la muerde, la acosa, la persigue hasta agotarla al punto que al no poder más, se echa y es poseída por su macho acosador: la hembra puede correr en la más extraña de las direcciones.
Pero este escenario cambia a los 20 minutos, cuando el apareamiento ya se ha consumado y usted puede seguir su viaje tranquilamente…hasta cruzarse con otro grupo de guanacos.