Habla el arquitecto de “Torres del Paine”

Era
1976 cuando Brian Houseal, entonces un arquitecto paisajista
estadounidense recién egresado, acababa de llegar a la remota provincia
de Última Esperanza.

Él
y su esposa eran integrantes del Cuerpo de Paz de los Estados Unidos,
un organismo destinado a la asistencia social en diferentes lugares del
mundo. El propósito de su viaje era diseñar un parque nacional que se
extendería a lo largo de 242 mil hectáreas de estepa y montañas
patagónicas y que incorporaría los nuevos conceptos de paisajismo y
protección ambiental que ambos jóvenes traían “recién horneados” desde
la academia norteamericana.

Lo
que no sabían era la trascendencia que tendría su obra 42 años más
tarde. Aquel territorio es hoy la más importante área silvestre
protegida de todo Chile y uno de los principales íconos internacionales
del país ante el resto del mundo: el Parque Nacional Torres del Paine.

El
logro es uno de los más significativos en la relación de cooperación
ambiental entre Estados Unidos y Chile, por lo que hace pocos días,
Houseal volvió a nuestro territorio con el objeto de dar a conocer su
experiencia.

Entrevistado
por Emol, el profesional recordó aquellos lejanos días hace ya tantos
años. Las primeras impresiones de ese viaje no se han borrado de su
memoria. “Al llegar, el paisaje nos sorprendió. Era como el libro ‘El
Señor de los Anillos’ de JRR Tolkien”.

Según
explica, su trabajo incluyó la planificación y diseño especifico de
áreas de uso, las instalaciones, caminos puentes, etcétera. “No había
casi nada de eso”, detalla el profesional, quien sintetiza en pocas
palabras la idea central de su trabajo como arquitecto y paisajista: “en
un parque con un paisaje tan sublime había que tener mucho cuidado con
cualquier elemento físico introducido por el hombre. Una obra de escala
humana podía romper la estética visual”, comenta.

Fruto
de su obra fue un manual de planificación y diseño, que el personal de
Conaf ha seguido desde entonces como una Biblia. Esto se tradujo en
senderos y caminos que se adaptaban a las características del paisaje,
sin violentarlo, y la limitación de las obras físicas humanas al mínimo
posible, procurando incluso ocultarlas, si se consideraba necesario.

Aquellas ideas tan nuevas para la época en Chile, cayeron sin embargo en oídos receptivos.

GUARDAPARQUES

Guillermo
Santana era uno de los guardaparques de aquel entonces. “Él vino con
toda una visión moderna de impactos ambientales y un montón de
terminología técnica nueva para nosotros. Comenzó a trabajar desde la
arquitectura misma, a remodelar y diseñar las casas que había
n quedado de las estancias, hasta planificar campings con un criterio completamente moderno para entonces”, sostiene.

Aquel
trabajo tenía además otra ventaja. Partía casi de cero. En todo el
primer año de su funcionamiento, sólo se registraron 3.500 turistas en
el parque y de ellos solo el 20% eran extranjeros, argentinos en su
mayoría.

Ahora
es muy diferente. El verano pasado, los turistas sumaron 250 mil
visitantes lo que hace mucho más difícil tomar decisiones e
implementarlas, dice Santana.

EL PARQUE

El
territorio donde se aplicó esta nueva política tenía una larga historia
de ocupación y actividad humana que, según Cequa, se remonta a miles de
años desde los primeros pueblos indígenas.

Cuando los colonos se hicieron con
el control del territorio durante el siglo XIX, rápidamente crearon una
extensa infraestructura ganadera. Se llegaron a contar hasta doce
predios, en los cuales se registraron hasta 32 mil ovejas y 3 mil
vacunos, dice la investigación de Cequa.

En
1959, sin embargo, el Estado decidió interrumpir este proceso y creó el
nuevo Parque Nacional Torres del Paine, con una superficie inicial de
4.332 hectáreas. Con los años, esta superficie se fue expandiendo
gracias al proceso de Reforma Agraria y las expropiaciones realizadas
por el Estado a lo largo de los años 70.

FAUNA

Probablemente, uno de los
mayores impactos que trajo la acción de esta nueva área silvestre
protegida fue la recuperación de la fauna amenazada por la caza
indiscriminada.

Al momento de crearse, solo quedaban 350 guanacos en el parque y hoy suman 30 mil.

Los
pumas, en cambio, la tuvieron más difícil, porque sus presas favoritas
eran las ovejas, que emigraron con el fin de las estancias. Algunos
siguieron tras ellas a otras tierras y otros cambiaron de dieta:
guanacos en vez de ovejas.

También
se hicieron ingentes esfuerzos por recuperar una especie en peligro de
extinción y de vital importancia simbólica para Chile: el huemul.
Algunos ejemplares fueron traídos desde la zona de los fiordos, otros
decomisados a pescadores y hubo otros que simplemente regresaron de los
lugares donde permanecían ocultos y aprovecharon las nuevas condiciones
de seguridad que encontraron en el nuevo recinto.

HOY

Cuarenta y dos años más tarde, el profesional estadounidense
se muestra satisfecho por los resultados alcanzados. A su juicio, de no
ser por el incendio del verano de 2012, el territorio ya habría
recuperado por completo su condición natural previa a la llegada del
hombre

No
obstante, Hauseal reconoce que hay grandes retos para el futuro. “Hay
un pasto que está entrando fuertemente y los ríos tienen un alga que se
llama Didymo. Está dañando la pesca, porque tapa las rocas y los
microorganismos se sofocan. Los peces no tienen qué comer y se van. Es
terrible para los pescadores de trucha”, se lamenta.


@PedroEscobar

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