Grafitteros: “son
los mejores lugares para expresarse después de algunas murallas”.
El deplorable
estado en que se encuentran los refugios para peatones que se instalaron en
diversos puntos de nuestra ciudad, podría atribuirse a varios factores.
Entre ellos, la
falta de cultura; la rebeldía juvenil, con motivaciones más que dudosas en
algunos casos; expresiones de una anarquía amante de la fealdad o que tiene su
propio lenguaje visual expresado en dibujos y signos que sólo algunos sectores
entienden o descifran.
Sin embargo, más
allá de las justificaciones casi banales que se dan o se han dado, parece ser
que es la falta de cultura, es decir, el respeto por el derecho de los otros en
la convivencia diaria en una comunidad, el factor determinante de ese tipo de acciones
que, en la práctica, tienen a los costosos refugios transformados en urinarios,
excusados, moteles o, lisa y llanamente, en cobijo para “personas en situación
de calle”, enfermos alcohólicos, vagos o desplazados sociales, incluso por sus
familias.
Las historias o
“chascarros” que han debido sufrir dueñas de casa, estudiantes, personas de
trabajo o jubilados, podrían dar pie a un libro de anécdotas negras, que
avergonzaría a sus protagonistas, si supieran qué es la vergüenza, y haría
sufrir a quienes fueron víctimas de esos hechos.
Lo narrado por
las personas en la crónica de ayer, no son ni serán las únicas ni las últimas:
al mediodía de ayer, un matrimonio cincuentón relató que quedó “marcando
ocupado” cuando, anteayer y ya había caído la tarde-noche, a la salida del
hospital, vimos a dos personas del mismo sexo y, al parecer en “situación de
calle”, tratando de “hacer el amor”, si puede llamarse amor a “eso”, en el
refugio del lado oriente, el que da al mar.
(Artículo
completo en el diario “El Pingüino)