La
actual embajadora de Chile ante el Reino de los Países Bajos, María
Teresa Infante, es abogada de la Universidad de Chile, y con estudios de
posgrado en el Institut de Hautes Études Internationales et du
Développement (Ginebra, Suiza), en la Universidad Complutense de Madrid
(España) y en The Hague Academy of International Law (Países Bajos).
Se
ha especializado en el Derecho del Mar, zonas polares, integración
vecinal, solución de controversias, asuntos limítrofes y cooperación
internacional en el marco del desarme químico y la Corte Penal
Internacional.
– ¿Qué evocaciones le provoca la palabra “Antártica”?
Luz, imaginación, poder, frío, plenitud, principios, sentimientos.
– ¿Ha estado en la Antártica? Si fue así, ¿qué recuerdos tiene de esa visita?
“He
estado tres veces; solo una vez pernoctando. 1982 fue un año especial
ya que se celebró un seminario de alto nivel con figuras mundiales para
conversar sobre política antártica y el estado del arte en materia de
conocimiento sobre sus recursos. Los trabajos presentados, editados en
castellano e inglés por el profesor Francisco Orrego Vicuña, del
Instituto de Estudios Internacionales, son clásicos en los estudios
sobre esas materias. Y mantienen toda su actualidad.
Participé
en la organización del encuentro, cuya concepción se debió a Orrego
Vicuña con el soporte de la Fuerza Aérea. Después, en el marco del
seguimiento del seminario, escribí un trabajo sobre la plataforma
continental antártica. En esas tierras, aprecié de primera fuente la
creativa capacidad de algunos diplomáticos, maestros en el arte de
enlazar posiciones e intereses y crear instituciones (Brennan, Beeby,
Zegers, Guyer, Watts, entre otros). También disfruté la compañía de dos
chilenos, con diestra pluma, que definiría como parte del patrimonio
chileno antártico: Mateo Martinic y Óscar Pinochet de la Barra. Además
el geólogo González Ferrán.
Pude
entablar conversaciones con diferentes nacionalidades, con
australianos, franceses, noruegos, y tengo recuerdos de una velada
inolvidable en la base rusa Bellingshausen.
Después
regresé a la Antártica en 1993, con un grupo de investigadores del
Nansen Institute de Noruega, y de la Universidad de Tasmania. Fue breve y
fascinante. Conversamos sobre la legitimidad y efectividad de la
gobernanza antártica e introduje un trabajo sobre política chilena
antártica. En el paisaje antártico, había habido interesantes cambios en
la infraestructura y habitabilidad.
En
cada visita pude constatar la preparación de las personas que allí
habitan; capacidad para resolver problemas, entablar una conversación
con sentido, notables”.
¿Qué debería ser o significar la Antártica para chilenos y chilenas?
“Hoy
es un laboratorio natural, cuya preservación debe constituir una
prioridad. Un lugar que aporta al mundo entero precisamente porque está
dotado de una gobernanza especial. Es un marco único de cooperación,
donde la participación individual se enriquece con una convivencia
regulada, al amparo de un sistema jurídico efectivo.
Un
ámbito geográfico exigente y que requiere atención especializada. Una
fuente de recursos naturales. La frase de que Antártica está dedicada a
la paz, la ciencia y es útil al hombre, lo cual tiene un sentido
dinámico amparado y regido por el derecho internacional, lleva un
importante sello chileno. Además, es parte de nuestra identidad austral,
como personas y país”.