“La relación con Aduanas argentinas siempre ha sido muy difícil”

Paso Monte Aymond. 15.30 horas. Un chofer ya maduro baja nervioso de un enorme y moderno camión con un maletín repleto de papeles, para realizar los trámites de rigor.
Es “Don Jaime”, chofer con más de 25 años en la ruta y a quien acompañamos en esta aventura de casi tres mil kilómetros, un viaje que resulta aún más largo para él: ocho días, ida y vuelta.
Y aunque ha realizado los mismos trámites una y otra vez, a lo largo de los últimos años, el recuerdo de las malas experiencias anteriores resultan evidentes. “Ahora, vas a ver la diferencia entre los trámites chilenos y argentinos”, nos dice con cierto rencor. Uno que, confiesa, se alimenta de malos recuerdos a su paso por Argentina.
Cuando llega la hora de enfrentar la ventanilla, su nerviosismo es tal que los papeles resbalan del maletín y se desparraman en el suelo. Con cierta rabia, los recoge y entrega a la funcionaria. Luego viene el paso por Inmigración y el Servicio de Aduanas chileno. A pesar de sus dichos, todo se hace sin demoras excesivas y minutos más tarde, se reinicia el viaje.

Difícil relación
“Don Jaime” nos cuenta que la relación con Argentina ha mejorado en los últimos años, fundamentalmente, gracias a la presión que los camioneros han tenido que realizar para ser oídos. “El trámite aquí siempre es más simple. El problema es cuando lleguemos a Bariloche”.
Hace un par de años, recuerda, un funcionario de la Aduana argentina en el paso Cardenal Samoré, salió con una mascarilla y dijo en voz alta: “Aquí, apesta a chilenos”. “Don Jaime” nos cuenta que en respuesta, interpusieron sus vehículos en la carretera y por casi dos días pararon todo el tránsito. Finalmente, con el apoyo de las autoridades chilenas lograron que el funcionario fuera removido de su puesto y la promesa que el trato sería diferente. “No ha cambiado casi nada, pues se creen dioses”, comenta.
Pero las protestas de los camioneros chilenos han tenido algunos logros. Según nos cuenta, antiguamente, las policías provinciales fiscalizaban a los camioneros chilenos durante su paso por Argentina lo que generó muchas denuncias por abusos, fundamentalmente, la exigencia de sobornos. “Ahora, eso cambió y sólo nos fiscaliza el personal de Gendarmería, lo que ha sido muy bueno. No tengo ninguna queja con ellos. Siempre han sido derechos”, nos cuenta. A lo largo de nuestro trayecto, no hubo el menor incidente con las policías provinciales o la Gendarmería, sólo saludos y la orden de siga circulando.

Argentina está cara
La primera noche, cenamos en una estación de servicio muy bien equipada, en Piedra Buena. Los platos son generosos y los precios lucen baratos. Un exquisito y contundente pescado cuesta el equivalente a 3 mil pesos chilenos. Pero los camioneros chilenos, reunidos en caravana para ayudarse, confiesan que “Argentina se ha puesto cara”.
Al día siguiente, el almuerzo será diferente. Un sencillo y sabroso plato de tallarines, cocinado por el grupo de tres camioneros en el interior vacío de uno de los furgones. Es momento de desahogarse, “echar la talla”, recordar aventuras y, hasta, ajustar algunas cuentas.
Se hace tarde y hay que reemprender el camino. Vamos solos. Los compañeros de viaje, con horarios menos exigentes, quedan atrás. Otro detalle, sus vehículos van vacíos, lo que los hace inestables ante los formidables vientos patagónicos. Nuestro camión, cargado con casi 20 toneladas, marcha estable, pero la violencia de aquellas ráfagas contra la carrocería es impresionante y sólo el peso de la carga, brinda estabilidad.

Soledad
Por la radio, sólo música folclórica argentina y noticias, muchas noticias del aparente fracaso del plan de Macri para combatir la inflación.
En medio de la nada, la música hace más llevadera la soledad, nos confiesa Don Jaime. Nos cuenta sus penas, algunas muy profundas, dolorosas y cercanas. “La soledad del viaje hace más duras las penas”, nos confiesa.
En cambio, se maravilla con la cordialidad de los pequeños pueblos a su paso. “Es gente sencilla y buena”, dice.
Cardenal Samoré
Después de casi dos días, llegamos al temido paso de Cardenal Samoré, a eso de las 18 horas. La tensión resurge. Hay que terminar los trámites aquí lo más pronto posible para alcanzar, luego, la aduana chilena situada a casi 30 kilómetros de distancia, antes de las 20 horas. De lo contrario, tendremos que dormir en medio de la cordillera. “Don Jaime” ya ha vivido esa experiencia en medio del frío cordillerano, en pleno invierno.
Esta vez, el trámite es mucho más largo. El funcionario de Aduanas atiende con parsimonia a los camioneros chilenos que esperan con hosca y callada ansiedad. Lo vemos caminando calmadamente tras inspeccionar un camión, mientras los chilenos echan maldiciones en voz baja.
Finalmente, salimos cuando faltan apenas 20 minutos para las 20 horas. Es entonces cuando la experiencia de “Don Jaime” se hace sentir. Los minutos parecen escabullirse y la ruta se hace interminable, pero el experimentado conductor hace un esfuerzo supremo por llevar a tiempo su pesada máquina a través de la difícil ruta cordillerana. Finalmente, alcanzamos la frontera aún abierta. Estamos de vuelta en Chile.

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