Son cerca de las 13 horas de un viernes y en la terminal de buses Mina Loreto hay una fila de casi 15 personas esperando un micro para ir a Río Seco, que llega justo unos minutos antes de su hora de partida. Roberto Ampuero opera esta máquina y aunque tiene más de 22 años de experiencia en este rubro, nunca nada lo preparó para trabajar durante una pandemia como esta.
El bus ya está casi lleno y se puede ver que, salvo por una pareja y unas señoras que parecen ser amigas, todo el mundo se sienta separado y mantiene una distancia del otro. Aunque según Roberto “esto es algo muy difícil de hacer efectivo. A veces se sube mucha gente al mismo tiempo y es imposible decirle que tengan una distancia de un metro entre ellos. Eso si, la mascarilla es obligatoria. No dejo que nadie se suba sin una”, explica este chofer de 46 años.
Unos minutos pasadas la una de la tarde, Ampuero inicia este recorrido que realiza más de diez veces al día. Al llegar a la altura del cementerio, se suben algunas personas que ocupan los asientos restantes. Aunque en la radio se escucha música alegre y esperanzadora, la mente de este conductor no está así.
“Uno en verdad viene con miedo a trabajar. Uno nunca sabe cuando se puede contagiar y todos los días es una nueva amenaza. Aunque me preocupo de limpiar siempre el bus. Una vez en la mañana y otra al final del día. Y siempre cuando termino mi recorrido me lavo las manos con alcohol gel. Yo tengo a mi mamá que ya pertenece a la tercera edad y tengo que cuidarme por ella. Tengo que llegar a mi casa, sacarme la ropa y entrar directamente a la ducha”, relata el chofer.
Han pasado casi treinta minutos y Ampuero llega a Río Seco donde todos se bajan. No descansa ni un segundo y empieza el recorrido de vuelta. Antes de recoger a un pasajero, comienza a reflexionar sobre la baja de pasajeros durante el último tiempo. “Si uno comparara la gente que se subía el año pasado a esta altura del año con la de ahora vería que ha disminuido mucho. Pero la gente tiene que seguir viajando a Punta Arenas para hacer trámites o por temas de alimentación. Pero ahora yo veo que la gente no va si no es necesario”, afirma.
Son las dos de la tarde y el bus que maneja Ampuero llega a Punta Arenas y todos se bajan en el paradero de la Escuela Portugal. Mientras se cierra la puerta suspira y saca su alcohol gel. Es hora de seguir manejando.