Magallanes, marca registrada

Sin
dudas que un viaje comienza mucho antes de subirse al avión, auto, tren
o barco. Durante ese proceso de investigación y coordinación, el
turista ya comienza a soñar y a imaginar el des
tino.

Durante
muchos años me sentí conmovido por las regiones australes como la
Patagonia y las Islas Malvinas, lugares que tuve la posibilidad de
visitar en varias ocasiones.

Pero
toda la logística que realicé de la región magallánica me desveló
durante varias noches. Me conmovía todo lo que veía por internet
mientras preparaba mi recorrido y comencé a vivenciar, desde mucho antes
de viajar, su fauna y paisajes.

Mi
viaje comenzó en el Parque Nacional Torres de Paine, que posee
absolutamente todo. Lagos, ríos, glaciares, montañas y mucha fauna
fueron disparadores emocionales de mis sentidos. No puedo dejar de
reconocer, sin embargo, que el encuentro con un puma a muy poca
distancia fue el momento que coronó el viaje y es algo que nunca
olvidaré.


Los días se sucedieron rápidamente hasta que sin darnos cuenta, nuestro
recorrido había terminado y debíamos partir hacia otro lugar. Puerto
Natales nos entusiasmó para hacer algunas compras y disfrutar de su
interminable rambla con vistas únicas, sobre todo durante el amanecer y
el atardecer.


El hotel Remota, a minutos del pueblo nomás, es sin duda sinónimo de
elegancia confort y comodidad. Sus amplias habitaciones que están muy
bien ambientadas con motivos locales y materiales de la región,
invitaron a pasar varios días allí. Su cocina internacional pero, con
“un toque de sabores locales”, es tan diferente como original y durante
mi estadía, pude disfrutar de varios paseos en bicicleta como de su
exclusivo spa y pileta climatizada. Mi viaje prosiguió en barco y mas
allá de las increíbles visuales que obtuve desde la cubierta del
Forrest, el objetivo se cumplió cuando observé, y luego retraté en las
cámaras, a las inigualables ballenas jorobadas que llegaban desde centro
América en busca de comida. Tremendos gigantes marinos que salían del
agua con una ductilidad sin igual, para luego caer y estremecer a todos
los turistas que, cámara en mano, disfrutaban de cada salto. Luego de un
par de días de navegación tocamos tierra nuevamente y por la carretera
al sur seguí hasta Punta Arenas en donde el estilo de sus construcciones
atrajo todo mi interés. Es una ciudad limpia, ordenada y en pleno auge
que cubre las expectativas de cualquiera que quiera disfrutar de la
buena gastronomía austral, hacer compras y poder visitar, entre otras
cosas, las replicas de los barcos de Magallanes y otros visionarios que
navegaron por las frías aguas patagónicas y que percibieron el potencial
de esta región.

Cruzar
a la Isla Grande de Tierra del Fuego, que fuera de nominada de esta
forma por los fuegos de los habitantes originales, que Magallanes
confundió con fenómenos naturales, fue una aventura en si misma. El faro
de Punta Delgada encendió nuestro día y el Ferry demoró sólo algunos
minutos en realizar el cruce. Ese tiempo fue suficiente como para que se
nos congelaran los sentidos y las partes del cuerpo que estaban a la
intemperie. Ya en la Isla fuimos directamente a visitar el Parque
Pingüino Rey y tuvimos la su
erte
de ver a una de las tantas parejas de “pingüino Rey”, alimentar a sus
crías de pocos meses de edad que todavía tenían las plumas de abrigo,
pero que no los impermeabilizaban, como para salir en busca de su propio
alimento. Los padres, durante ese período, vuelven del mar “con la
pesca del día” semi digerida en el buche y alimentan a sus polluelos.

Observar
la actividad ganadera fue otro de los puntos fuertes del viaje. Pocos
estancieros son ayudados por sus perros para que miles de ovejas, que
caminan en forma acompasada, vayan en dirección de los grandes corrales.
Durante el viaje de vuelta a Punta Arenas pasamos por la ciudad de
Porvenir que parecía estar detenida en el tie
mpo.


El viaje en Ferry de vuelta al continente llevó más tiempo que el cruce
anterior desde Punta Delgada y tuve que hacer noche en Punta Arenas.

Al
día siguiente salí hacia el aeropuerto con bastante tiempo porque el
taxista me recomendó no dejar la ciudad sin visitar el “cementerio más
lindo del mundo” y pese a mi extrañes inicial sobre dicha mención, debo
reconocer que la vegetación, que está finamente cuidada, como las
construcciones que enaltecen a los muertos, es admirable. Ahora
entiendo, una vez más, por qué me siento atraído por los destinos
australes. Tienen magia, misterio y sus paisajes minimalistas cambian
minuto a minuto.

El viento y el frío se tornan en actores principales de una obra maestra que no tiene
fin. La región magallánica en cualquiera de sus destinos es digna de
ser visitada. Tiene los mismos componentes que el resto de la Patagonia
pero Magallanes tiene ese “no se qué” inolvidable.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS