Un adulto mayor postrado implica, si está acogido en un hogar,
atenciones de diversa índole que, cada mes, tiene un costo que supera los 700
mil pesos.
Pañales, medicamentos, útiles de aseo, medios para curar o aliviar sus
escaras, lavado de sábanas, a veces sucias con heces y orina, y fundas de
almohadas, más los servicios de apoyo profesionales de paramédicos, enfermeras,
asistentes sociales y médicos.
Que faltan voluntarios y más medios, por supuesto, porque la demanda de
atenciones y servicios de eventuales usuarios va en aumento y los recursos
escasean y, a veces, harto.
A nivel privado, la situación es diferente: el número de adultos mayores
en las residencias destinadas a atenderlos es limitada; la infraestructura es
de mayor calidad; hay más espacios; más profesionales del área de la salud,
incluso sicólogos, pero estamos hablando de un costo mensual de más de un
millón de pesos por cada uno de ellos.
Ese costo lo asumen sus familias, aunque no siempre es fácil coordinar
las fechas de entrega de los aportes de los integrantes de un grupo familiar y,
generalmente, esa humanitaria tarea termina recayendo en uno o dos hermanos, un
par de sobrinos o una hija más que sacrificada.
Otra situación es la que enfrentan aquellos adultos mayores que, por su
edad y falta de medios suficientes, deben ser atendidos en sus casas, ya sea
por sus cónyuges, sus hijas o hijos que han optado por la soltería o han
regresado al hogar porque se separaron o se divorciaron y se quedaron sin otro
lugar donde ir que no fuera “la casa de los viejos”.
Afortunadamente, si puede escribirse así, tres de cuarenta de esas
adultas mayores están postradas y requieren visitas periódicas para aliviar sus
respectivas situaciones.
Pero hay otros adultos mayores, literalmente, abandonados por sus
familias, sin protección de salud, con enfermedades de larga data, que
residieron en viviendas de pésimas condiciones de habitabilidad y que,
finalmente “se enfermaron de soledad”.
Poco más de
40 de ellos han sido acogidos por la obra que creó San Alberto Hurtado y de
ellos, hay cuatro que están en los lechos del hogar, en calle Balmaceda,
postrados, pero bien atendidos.
Faltan
medios materiales. Faltan calzoncillos largos. Faltan pañales para adultos.
Falta un médico. Faltan enfermeras y paramédicos. Faltan sábanas. Faltan
fundas. Falta ropa para vestirlos mejor. Faltan útiles de aseo personal. Faltan
máquinas de afeitar desechables.
Pero lo que
no falta es el cariño, la buena voluntad, el respeto de todo el personal y de
los voluntarios que ayudan a paliar, en parte, los sufrimientos de todos estos
adultos mayores.
Es cierto
que hay muchos más ancianos y ancianas que se han quedado solos y que esperan
un cupo, una sonrisa, una caricia y atenciones de salud, pero no existe una
estadística segura que diga cuántos son porque, y hay que destacarlo, está de
por medio, la dignidad de quienes aún se sienten fuertes, útiles, pero que el
peso de los años limita.
Cifras
La
controvertida encuesta Casen del año 2013, indicó que los adultos mayores que
sufren algún tipo de pobreza, económica o multifactorial, ascendía a 715 mil,
cifra que debe haber aumentado porque Chile es un país ya afectado por lo que
en sociología se denomina, fríamente, por cierto, como “la epidemia de la
vejez”.
Y los casos críticos
de esa epidemia que, en muchos lugares del país puede transformarse en
pandemia, como en Magallanes, sumaban 95 mil personas.
Pudiera decirse que tras de cada uno de ellos, hubo un joven que no se
ocupó de su futuro, pero la gran responsabilidad de ayudarles a sobrellevar en
la forma más digna posible lo que para muchos no son, precisamente, “años
dorados”, debe estar en manos del Estado chileno y todo lo que hasta ahora haya
podido hacerse por nuestros adultos mayores, debe aumentar en forma significativa,
indican quienes se desempeñan cerca de ellos.
Ellos lo dieron todo con su
trabajo, su cariño y su esfuerzo, para que los jóvenes de hoy, los niños de
ayer, llegaran a ser lo que son y lo que podrán llegar a ser.