Mejicanos residentes en Magallanes viven el dolor del terremoto que azota a su país

Recordando que hace dos años
vivió una experiencia similar en su país, antes de emprender viaje a Chile, la
misionera mexicana Samara Sarmiento se refirió ayer a la tragedia que hoy vive
el pueblo azteca luego del terremoto de 8.2 grados registrado el jueves con
epicentro a una profundidad de 58 kilómetros en las cercanías de Pijijiapan,
Chiapas, y que había cobrado hasta la tarde de ayer 38 víctimas fatales.

Samaria es misionera de la
iglesia evangélica La Luz del Mundo, ubicada en la Avenida Independencia de
Punta Arenas, a pasos de calle Zenteno, y justamente, el año pasado, reunió en
Chiapas a más de 4 mil delegados en un encuentro que consideró la inmersión
(bautismo) de más de 400 conversos.

La joven misionera dijo que ayer
no fue un despertar fácil al tomar conocimiento de lo que estaba pasando en su
país. “Yoy soy de Veracruz (a 546 km de Chiapas) y estaba tratando de
contactarme con mi mamá para saber cuál era la situación”, señaló.

Junto con lamentar el momento que
está pasando la gente de su país, recordó que hace dos años le tocó vivir una
experiencia de este tipo también en horas de la madrugada, aunque no con la
intensidad del sismo registrado ayer.

México es un país considerado
sísmico, que registra gran actividad debido a que se encuentra en el llamado
Cinturón de Fuego del Pacífico. Y es en la costa del Pacífico mexicano donde
hacen contacto las placas de Cocos y de Norteamérica, lo que genera la mayor
parte de los movimientos telúricos.

 

Zona de huracanes

Para otro mexicano avecindado en
Magallanes hace cinco años, su país ha tomado consciencia de la gravedad de
este tipo de fenómenos naturales y eso ha permitido que las consecuencias,
aunque graves, sean menores a las que ocurren en otros países. “Siempre hay
daños estructurales importantes, pero con todo lo ocurrido en los últimos años
en cierta forma el país está preparado para aminorar los efectos”, señala Pablo
Revuelta Mora.

Nacido también en Veracruz, dice
que buena parte de su vida la vivió en Cancún, una zona marcada por la
ocurrencia de huracanes. “Eso es otra cosa, que se puede monitorear, mucho
viento y lluvia que afecta principalmente a las construcciones de madera, por
eso que en su mayoría las casas son de cemento”.

En cuanto al terremoto del jueves,
dice que claramente este tipo de hechos son lamentables porque golpean fuerte a
un país que siente propio y donde están muchos de sus afectos. “En lo personal
no me ha tocado estar en medio de un terremoto, ni allá ni en mi paso por el
norte de Chile, por lo que es difícil siquiera imaginar el tipo de sensación
que se debe sentir”.

El terremoto del jueves, poco
antes de la medianoche, fue considerado el mayor de los últimos 100 años en ese
país, afectando a  50 millones de
mexicanos y desatando un pánico que hizo recordar el sismo que devastó Ciudad
de México en 1985. En esta oportunidad la zona más golpeada fue la de Chiapas y
Oaxaca, dos Estados del sur del país. En el primero, se han confirmado tres
muertes, mientras que en Oaxaca, el gobernador asegura que hay al menos 23
víctimas mortales, a las que hay que sumar dos más en Tabasco.

Una de las cosas que más llamaron
la atención durante el movimiento telúrico fue la aparición de luces en el
cielo, un fenómeno parecido a lo que podrían ser unas auroras boreales. La
aparición de estos intensos y coloridos destellos no es extraña, ya que las
también llamadas luces de terremoto se han documentado desde hace siglos. Su
origen está relacionado con la carga de energía que se libera como consecuencia
del temblor.

Al cierre de esta edición, los
últimos reportes desde México daban cuenta de decenas de réplicas, llevando a
que el país se mantenga en alerta.

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