Llegar a los 102 años de vida, lúcida y sana, es un regalo que muchos envidiarían. Y hacerlo rodeado del cariño de amigos y familiares, es aún más significativo.
Ayer, Miguelina Andrade Arrizaga, una de las vecinas más longevas de Punta Arenas, pudo vivir y disfrutar ese mágico momento. En rigor, su cumpleaños fue el 27 de septiembre, nos cuenta su hija Silvia, pero obviamente el cumpleaños número 102 de su madre, no podía celebrarse un día miércoles. “Todavía falta que lleguen más amigos, sobrinos y nietos”, nos dice.
Para ella, sin embargo, nuestra presencia y el interés periodístico que ella representa, le resulta extraño. “¿Por qué les interesa tanto que yo cumpla 102 años?”, nos pregunta. Y el motivo es que la longevidad es algo natural en su familia. “Tuve una tía que vivió 110 años y, sin embargo, hoy ves personas que sufren de cáncer muy jóvenes y yo me pregunto siempre por qué será y si hay algo malo en lo que se come hoy en día”.
Y es que para ella, que siempre ha cultivado en su hogar, algunos de los productos más básicos, resultan imposibles de comer. “Recuerdo un día que fui a un supermercado y compré una bandeja de huevos y me fue imposible comérmelos. Los tuve que botar, porque estaban hediondos a pescado que, al parecer, es lo que le ponen al alimento de los pollos. Y yo aquí siempre he tenido gallinas y huevos naturales para la venta, así que siempre he comido sanamente”, indicó.
Hace 50 años
De origen campesino, Miguelina Andrade debió abandonar su natal Calbuco en la Región de Los Lagos, luego que el terremoto de 1960 causara graves daños a la actividad agrícola del sur de Chile. “Era terrible, pues no se podía sembrar nada. Todo se pudría por las infecciones que se habían desatado. Por eso, junto a mi marido, decidimos mudarnos a Punta Arenas”, recuerda.
En Magallanes, por supuesto, nunca más supo de terremotos e, incluso, ni siquiera volvió a conocer lo que era un trueno. “Recién habíamos llegado a Punta Arenas, cuando escuchamos un trueno y luego se puso a llover muy fuerte… creo que fue la última vez que escuchamos un trueno aquí en Punta Arenas”.
Aunque lleva más de medio siglo en la capital magallánica, ella no entiende todavía cómo es posible que la mayoría de los habitantes nacidos en esta zona “no conozcan para nada lo que es un terremoto o nunca hayan siquiera escuchado un trueno, eso yo todavía no lo entiendo”, nos cuenta.
Radicada
Una vez radicada en Punta Arenas con su familia, se dedicó al cuidado de sus hijos y a trabajar como empleada doméstica en la casa de diferentes familias. Su hija la recuerda como una madre “estricta, como eran entonces todas las madres”. Sin embargo, también destacó que “ella goza hoy de buena salud, es autovalente y mantiene intacta su memoria”.
Huevos
Y es que Miguelina Andrade siempre fue una mujer de profundo esfuerzo y sacrificio. “Mi padre desde niños nos llevó a trabajar, aunque a mí lo que más me gustaba era montar a caballo”.
En Punta Arenas, mientras su marido trabajaba fuera de casa, ella se hacía cargo del hogar, trabajaba como empleada doméstica y, por supuesto, vendía muchos huevos de su criadero, el cual equipó con la compra de más de 65 pollos. “Para mí, ese gallinero era muy importante, porque me daba alimento y el dinero para mantener mi casa”, dice con cariño.
Todavía recuerda los primeros pedidos con especial cariño, en particular, uno de sus primeros clientes, un funcionario de la municipalidad que le encargaba 60 huevos, periódicamente.
“¿Por qué les interesa tanto mi cumpleaños? No entiendo. Mi familia es longeva y tuve una tía que vivió 110 años”.