“Por
lo único que he llorado ha sido por no poder volver a jugar fútbol lo
antes posible”, dice Misael Hernández Sáez, profesor de Educación Física
de la Universidad de Magallanes y preparador físico del equipo de
futsal de dicha entidad.
Pero
todo eso se vio truncado la madrugada del 31 de marzo a las 5.30 horas,
cuando en compañía de cuatro amigos más, dos de ellos de la misma área
de especialidad profesional, vivió una de las peores experiencias de su
vida. Mas esto comenzó el viernes en la tarde, cuando el mismo Misael no
tenía ganas de salir a ninguna parte.
La agresión
“Resulta
que los compadres se acercan a mi auto, y como estábamos con los
vidrios abajo, uno de ellos me pegó un combo en la cara. Yo me bajé, en
ese momento, en la parada de apaciguar los ánimos. Si de hecho nosotros
lo único que decíamos era ‘terminen’, todo el rato lo mencionamos. Y
como soy ‘profe’ igual yo me di cuenta que había que detener la
situación.
Me bajé y le dije a un tipo que estaba con una chica “oye,
córtala”. Traté de resolverlo lo antes posible, pero, ahora que lo
pienso, debí agarrar mis cosas e irme. También bajé para que no le
hicieran nada a mi auto, principalmente, porque cualquiera que le
golpean el auto haría lo mismo”, cuenta.
Es
en ese momento que, mientras trataba de calmar la situación, una
persona con un objeto metálico (SAMU dice que fue una cadena, Misael
duda si fue eso o una hebilla) lo golpea en la cabeza y lo deja tirado
en el suelo.
Todo lo que viene de ahí en adelante es borroso para Misael.
En
el Hospital tiene el recuerdo de ver a su mamá y su hermano Daniel.
Pero lo que más le impacta es que dentro de ese impactante momento tuvo
la posbilidad de decirle solo una frase a su hermano “Pipo”: “tranquilo,
si me voy, voy a estar feliz. Fue una buena semana”.
El
pronóstico fue aterrador. El mismo Misael relata que su madre tuvo que
firmar un consentimiento, porque podía pasar lo peor dentro de la
operación. Sin embargo, la familia siguió creyendo en su recuperación y
hasta decreta que Dios le habló a su hermano y le dijo que estaría “sano
y sin secuelas”.
Si
bien piensa en una intervención divina, no deja pasar el momento para
agradecer a todos los que rezaron y pidieron por su salud, pero en
especial a “Luis Francisco Muñoz Gallegos, ese fue el neurocirujano en
el que caí. Es un capo. De hecho, un pedacito de cabeza se hizo polvo.
Pero el profesionalismo y la vocación que uno tiene, uno también la ve
cuando el resto la tiene, porque la atención y los detalles más mínimos
estuvieron presentes ese día y en todo el proceso”, agradece.