El Parque Chabunco ha sido, por décadas, un punto de reunión de las
familias magallánicas durante los fines de semana, en Fiestas Patrias, si el
clima acompaña, y, especialmente, para Navidad y Año Nuevo.
Situado a unos 30 kilómetros al norte de Punta Arenas, es un trozo de
bosque natural achaparrado, pero no por ello menos hermoso, acogedor y que
protege del viento.
Es más: su cercanía a las aguas del Estrecho de Magallanes permite
que, en días cálidos del verano austral, más de algún audaz se interne en ellas,
retoce o nade un rato (hasta que las frías aguas lo permitan) y luego, salga a
tomarse “un café con punta”; un vaso de vino o un roncito o una piscola para
“pasar el frío”.
El paisaje circundante de esas 124 hectáreas es, también, hermoso: se
aprecia Cabo Negro; los campos que terminan en Punta Prat; un costado del
aeropuerto y más campos, sin contar con la ruta que va de Punta Arenas a Puerto
Natales y a Monte Aymond.
Hasta allí, todo bien.
Vándalos en acción.-
Sin embargo, los omnipresentes vándalos se dan tiempo y medios para
llegar hasta el parque Chabunco y hacer de las suyas, en las madrugadas de
noches de alto consumo de alcohol, principalmente, y hasta de drogas, acusan
algunos que, como la familia Barría O., han tenido la mala suerte de ir de paseo
y acampar cerca de donde alguno de esos grupos se divierte a su manera (sic).
Esos sujetos, hasta ahora sin identificar plenamente, aparecen como
los responsables de la destrucción parcial o total de las instalaciones de
varios sitios de “camping”.
Los fogones y asientos, pese a haber sido construidos con materiales
sólidos, no han resistido la fuerza negativa de adolescentes y adultos y
aparecen quebrados.
No vale la pena describir en qué estado se encuentran los servicios
higiénicos construidos porque, aparte de haber sido utilizados en forma
incorrecta cuando funcionaban, por decir lo menos, al ser dañados y no prestar
el uso que le corresponde, han dado paso a “letrinas en el pasto”, donde se
funden excrementos, restos de comidas y las huellas de borracheras que
terminaron en llamados “a Guajardo” o a “Urrutia”, con mucho respeto por las
familias que llevan esos apellidos.