Un mega proyecto de la administración del Cementerio Municipal de Punta Arenas, ya en conocimiento de las autoridades pertinentes, busca que la ciudad pueda contar a futuro con un Centro de Cremación.
Estas instalaciones permitirían el funcionamiento de tres hornos crematorios, dos de ellos nuevos y un tercero, que correspondería al actual, cuya vida útil se estima en sólo cinco años más, es decir, hasta el año 2022, de acuerdo a lo informado por Claudio Carrera, administrador del camposanto local.
Además, explicó el funcionario municipal, se construirá en terrenos cercanos al cementerio, y que alguna vez fueron parte de él, los cuales serían o deberían ser expropiados. Un grupo de capillas y velatorios, a lo menos uno de carácter no religioso; cámaras de frío, con capacidad para veinte cuerpos y las respectivas oficinas de la administración del camposanto municipal.
Por ahora, indicó Carrera, se continuará utilizando el horno crematorio, cuyas instalaciones han permitido atender una demanda anual de cerca de 240 operaciones, número que contrasta con las ocho cremaciones que se realizaban hasta hace tres años, cuando el uso y costumbre de la sociedad magallánica empezó a sufrir el cambio.
La cremación
La cremación de las personas fallecidas se incrementó en los últimos años y podría crecer más, de acuerdo a lo que puede apreciarse en consultas y demandas.
Un proceso completo, con ánfora incluida, tiene un costo actual de 800 mil pesos, y ha venido a reemplazar el uso de tumbas y nichos, cuyo arriendo supera el millón de pesos por veinte años, indicó el administrador, quien mostró las dependencias del crematorio, en el costado sur del pórtico principal.
Cada cremación, dependiendo del peso, la estatura y otras características del difunto, por ejemplo, el tipo de enfermedad que le quitó la vida o los medicamentos que permanecieron en el cuerpo después del fallecimiento, tiene una duración de una hora y media, aproximadamente, pero, obviamente, pueden durar un poco menos o algo más de ese lapso, indicándose que no es lo mismo lo que dura la cremación de un párvulo, de una abuelita o de algún robusto varón.
Singularmente, explicó Carrera, la urna que contiene los restos mortales de cada una de las personas que han sido cremadas, literalmente, desaparece antes de media hora, pero algunos implantes metálicos que se practicaron al difunto, por ejemplo los de titanio, y, curiosamente, el hueso del coxis, soportan mejor las temperaturas del horno y demoran mucho tiempo más.
Y las temperaturas no son bajas: las cremaciones implican la aplicación de 800 y 1.200 grados centígrados, lo cual afecta tanto a las bandejas o planchas de acero en las que se depositan los cuerpos, que sólo permiten utilizarlas en sólo quince operaciones y, alcanzado este número, cada una de las planchas debe ser desechada, porque se han doblado o dejaron de ser resistentes al proceso.
Las cremaciones se ejecutan en horas de la tarde; los funcionarios deben adoptar medidas de protección, aunque ya no es necesario mover el cadáver, al cual se debe retirar incluso, el marcapasos, si lo usaron en vida ya que, se afirma, la pila de litio que proveyó de energía para su función en vida del fallecido, podría crear problemas; el humo que, de hecho provoca toda cremación, pasa por una cámara de enfriamiento y, antes de salir a la atmósfera, es decir al aire libre, debe recorrer un serpentín de más de veinte metros, dotado de una fibra especial llamada “kawl”, que impide que el aire pudiera contaminarse y sólo deja paso a un olor metálico.
Las ánforas.
Las cenizas de cada difunto cremado son depositadas en sus respectivas ánforas, las cuales son entregadas a sus familiares, una vez concluida la operación.
Las hay de diversos tipos y materiales, pero recientemente, se ha puesto en boga el uso de ánforas de maderas nobles, como lenga, alerce y raulí y también una que es de un material especial que permite enterrarla, por ejemplo, en un jardín, lleva una cubierta de tierra negra sobre las cenizas y podría ser el lugar donde se depositen semillas de plantas o flores que amó o que cultivó el difunto.
La iglesia
La cremación superó las barreras de la prohibición eclesiástica, informó el administrador municipal, al cabo del Concilio Vaticano Segundo, en 1964 y se fue extendiendo por el mundo.
Más recientemente, se ha masificado el uso de columbarios en los cementerios y en los lugares que, expresamente, ha autorizado la Iglesia Católica, pueden depositarse y guardarse esas ánforas.
Lo que ha generado discusión y polémica, en algunos caso, es el deseo de las familias de llevar las ánforas con las cenizas de sus deudos hasta sus hogares o esparcirlas en lo alto de una montaña o, como en Punta Arenas, lanzarlas a las aguas del Estrecho de Magallanes, como ocurrió con las de la afamada escritora regional Pepita Turina.