“Ser elegido ciudadano ilustre de Magallanes es para mí un sueño”

Dice
que cuando trabajaba en la Intendencia, llegaban niños a preguntarle
qué era el folclore, “porque en Punta Arenas no hay folclore”, le decían
con inocencia.

“¿Cómo que no hay folclore?, ¿y tú qué haces cuando sales de tu casa?”, les respondía.

“Me
contaban que le besaban la pata al indio o le prendían velas a la
estatua del indio desconocido en el Cementerio de Punta Arenas, así me
fui retroalimentando y nació mi interés por dar a conocer la riqueza del
patrimonio folclórico de Magallanes”.

Un
interés que había surgido años antes cuando, recién llegado a Punta
Arenas como escribiente de Carabineros, solía acompañar a los oficiales
en sus rondas por los cuarteles, en travesías épicas, a través de la
nieve y el barro. Para él, un hombre nacido y criado en los campos de
Santa Cruz, el corazón vital de la zona huasa de Chile, aquellas
travesías fueron el momento, reconoce, cuando la magnitud abrumadora de
la naturaleza patagónica lo conquistó y lo cautivó. “Era tan diferente,
tan inmenso y solitario, estar ahí en medio de ese mar de soledad y
coirón era algo impresionante”.

Fue
también el momento en que empezó también a conocer al hombre del campo
magallánico, la dureza de su vida, su soledad, fuerza y sabiduría.
“Siempre había algo que aprendía de ellos. Recuerdo una vez que
estábamos comiendo un asado y el oficial que me acompañaba dijo, “¿qué
le pasa a don Mario, tan callado?”, porque era muy bueno para conversar.
Y entonces, la señora que servía la comida le respondió: “Déjelo nomás,
porque oveja que bala, no come”, y así es porque la oveja necesita
alimentarse de cada coirón que encuentra y si bala, pierde esa
posibilidad”, dice recordando.

Años
después, ya retirado de Carabineros, el ejemplo de Violeta Parra y
Margot Loyola, grandes investigadoras folclóricas de nuestro país, lo
inspiró a continuar esa senda, de adentrarse en lo profundo de la pampa
“para desentrañar esos secretos que guarda el hombre de campo”.

Y claro, fueron muchos, como lo atestiguan sus múltiples libros publicados desde entonces.

¿Alguna historia que quisiera destacar?

“Bueno,
recuerdo que un arriero me contó que había estado años antes, junto a
su compañero, tomando mate y conversando en su puesto, en medio de la
pampa, cuando de pronto sintieron claramente el ruido de todo un arreo
de ovejas que rodeo el puesto donde estaban. Se quedaron esperando que
entraran los arrieros, pero pasaban los minutos y no pasaba nada. “Deben
ser tímidos”, se dijeron y salieron a ver… y no había nada, ni nadie.
Fue sorprendente”.

Se trata de una de las tantas historias de todo tipo que su notable trabajo ha descubierto a lo largo de más de medio siglo.

Ayer,
un tanto cansado tras tantas entrevistas y muestras de cariño nos
confesaba, “para uno que viene de fuera el haber sido reconocido como
Ciudadano Ilustre de Magallanes, es algo que representa un sueño y un
gran reconocimiento a los más de 50 años que llevo dedicado a esta
labor”, concluyó.

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