Paraderos: ¿urinarios o refugios?

La idea de instalar refugios para peatones en los paraderos de la locomoción colectiva, cuando surgió, fue calificada como positiva. Andando el tiempo, eso sí, esa apreciación se fue modificando en forma negativa.

Primero, se privilegió la instalación en un perímetro acotado por la Avenida Independencia, por el sur; la calle Angamos, por el norte, la calle Chiloé, por el poniente, y la calle Magallanes, por el oriente, es decir, por un tramo ocupado, en forma mayoritaria por la locomoción colectiva, en la que se movilizan quienes van y vienen hacia y desde el centro de Punta Arenas.

La segunda razón de la disconformidad fue el alto costo de los refugios, puesto que, en promedio, cada uno de ellos alcanzaba casi los 25 millones de pesos, financiados por el Fisco, en el marco de un proyecto conjunto del Gobierno y el municipio local.

Nadie supo decir con certeza funcionaria cuánto tiempo duraron en buenas condiciones después de la inauguración oficial, ante autoridades y vecinos.

¿Por qué?
Porque al poco tiempo, las personas en situación de calle buscaron y encontraron en ellos, un refugio para enfrentar las lluvias, el frío, la escarcha y la nieve, cuando estas inclemencias de abatieron sobre la ciudad en el otoño y el invierno y parte de la primavera.

Esas mismas personas también decidieron utilizarlas como “puntos de encuentro” para compartir alcohol y comida.  Pero eso no fue todo, porque, sin recato ni pudor alguno, muchas de esas personas, en otro lenguaje llamados “mendigos”, “macheteros” o “borrachitos”, empezaron a utilizar los refugios como urinarios y como servicios higiénicos, obviamente públicos.

Muchas de esas acciones, es cierto, se cometieron en horas de oscuridad, pero otras no, con la molestia de quienes sí deseaban utilizar la protección ante las inclemencias climáticas y ensuciaron sus calzados, sus ropas y sus paquetes con lo que había transformado esos refugios en lugares malolientes y sucios.

Por si no bastara, y en el Municipio en su oportunidad, con ironía se llegó a decir que, por lo menos, habían servido como singular tela para la pintura del “antiarte” o llamado, también, “arte rebelde”, con símbolos no entendibles para las personas comunes y corrientes que no dominan esos códigos antisistema.

Los vándalos de siempre también hicieron su aporte y rompieron planchas de un material transparente que fue incapaz de resistir golpes de palos, fierros y patadas, lo cual, es cierto, logró un efecto inesperado: muchos de los refugios tienen un sistema de ventilación a cargo del viento de Punta Arenas.

En la actualidad
Los refugios del perímetro céntrico de Punta Arenas siguen en franco deterioro, rotos, repintados y camino a ser una singular “chatarra urbana”.

Nelson Barría, trabajador de la empresa Áreas Verdes, debe mantener limpia la calle Chiloé, desde Maipú al sur y al ser consultado señaló que se da el tiempo para barrer los refugios para peatones, en su diario recorrido.
“En ellos se encuentra de todo: basura, papeles, botellas, cajas de vino y latas de cerveza vacías y lo demás, mejor no se lo digo”, agregó con un gesto de asco.

Pedro Ojeda, pensionado magallánico, señaló molesto que, ocasionalmente, ingresa a un refugio “para no dejar las bolsas en el suelo y que se ensucien con el barro, pero en los asientos que iban a ser, de algo sirven”.

Por su parte, la ciudadana Angélica Pérez, no ocultó su molestia al apreciar el estado de los refugios que ella prefiere no utilizar y opta por evitar el ingreso a ellos, “porque están, muchas veces, con orina, con mugre y como están rotos ni siquiera protegen de la lluvia”.

Epílogo
Centenares de millones de pesos invertidos en una idea que era buena, pero que se marchitó y que comparada con otros dineros gastados en la construcción de otros refugios, como en la Población Fitz Roy o en Playa Norte demuestran, como lo afirmó la señora Zulema, en el de Angamos con Avenida Bulnes, “falta de cultura y cariño por nuestra Punta Arenas”.

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