Una
semana después del triunfo contundente en las urnas de Sebastián Piñera
es difícil explicar el resultado. Para entender lo que pasó abundan las
argumentaciones. Resulta evidente preguntarse antes de ello ¿en qué
está Chile? ¿los ciudadanos? ¿los votantes que se movilizaron y que
superaron con creces los históricos porcentajes de abstención?
De
hecho resulta sorprendente que la participación aumentó respecto de la
primera vuelta. Todo indica que la derecha logró levantar a sus
adherentes para que salieran a votar y salieron en masa y para prueba un
botón: en el sector oriente de la Región Metropolitana, según fuente
del Servel con el 100% de las mesas escrutadas, en Vitacura de un padrón
electoral de 85.041 personas votó el 73%, mientras en La Pintana de un
padrón electoral de 137.423 personas votó solo el 37,3%. Los más
modestos ciudadanos no se motivaron por estas elecciones.
Números
avasalladores que deben ser analizados con prudencia y objetividad. Un
mérito del comando de Piñera y de su candidato fue leer bien lo que la
ciudadanía exigía, propuestas claras, sin ambigüedades respecto de
materias de empleo, seguridad y crecimiento económico, mucha gente que
no quería perder su estatus, lo ganado, que tiene más que ver con qué me
conviene personalmente por sobre lo que efectivamente quiero para la
sociedad en su conjunto.
Aquí
fue determinante la campaña del terror, del temor a retroceder, la idea
de que Chile se convertiría en un Chilezuela, que la bolsa se caería a
pedazos, sumado a desafortunadas citas y frases de Guillier como “les
meteremos la mano en el bolsillo a quienes concentran el ingreso”.
Por otra parte, centrar una campaña presidencial solo en atacar al candidato y no sus propuestas fue un error. No bastaba el todos contra Piñera y en eso el Frente Amplio tenía razón.
En lo personal apoyé con lealtad y convicción al candidato Alejandro
Guillier, pero debo decir que la campaña no cumplió nunca con las
expectativas -ni programáticas ni comunicacionales-, de hecho fue
evidente en el debate final, Guillier no quiso arriesgar, enredándose
permanentemente en una propuesta genuina y valiosa como era la
condonación al CAE, que hoy tiene sumidos a mas de 700.000 estudiantes
en un intrincado endeudamiento, sumado al evidente desorden interno del
conglomerado impactó de lleno en el trabajo del comando y no todos los
dirigentes del bloque hicieron lo posible por tratar de conseguir el
triunfo de Guillier, entre ellos sin lugar a dudas muchos de mi partido
la Democracia Cristiana. Por otra parte el tibio, ambiguo y extemporáneo
apoyo del Frente Amplio no logró traspasar el mensaje a sus adherentes,
la gente que votó por Beatriz Sánchez finalmente hoy sabemos que votó
por ella y por lo que representaba, no por un sector de la izquierda
vanguardista con una visión ideológica, aunque comparto que la
responsabilidad de seducir a ese electorado estaba en la Nueva Mayoría.
Finalmente me quedo en el momento en que Guillier, al reconocer de
manera republicana el triunfo de Piñera, hizo un llamado a la unidad del
progresismo, al decir que cuando el centro y la izquierda se separan,
cuando el progresismo no se une, la derecha triunfa. Nada más cierto.