Un lugar donde el cemento cubrió la tradición y los recuerdos

La plaza Francisco Sampaio es la última de las tres ubicadas en el radio más urbano de Punta Arenas.
Primero, por el sur, está la plaza Lautaro, donde funcionó el segundo cementerio de la colonia que llegó a ser la capital de la Patagonia.
Obviamente, en pleno centro, está la hermosa Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero, con sus añosos árboles, sus jardines, ahora en recuperación por iniciativa municipal y, por sobre todo, por el grupo escultórico en homenaje a Hernando de Magallanes,  a las etnias originarias y a todos los navegantes que han desafiado los mares australes, según algunos.
Aquí no está sólo el atractivo de una doña Plaza de Armas sino que, además, un entorno arquitectónico que se ha conservado en el tiempo y ha hecho crecer el orgullo local con el Palacio Sara Braun, con el Palacio Montes; los edificios que cobijan al Instituto Antártico Chileno, a la Intendencia Regional; a la Casa España; al Banco Estado; al Club Militar, ex residencia del empresario pionero José Menéndez; a la residencia del comandante del Comando Conjunto y de la V División del Ejército, y, por sobre todo, el edificio de la Catedral de Punta Arenas.
Y al seguir hacia el norte, bajando por Carrera Pinto o avanzando por Lautaro Navarro, aparece la plaza Francisco Sampaio, alguna vez denominada como la “Plaza de las Focas”, por las singulares figuras de esos animales instaladas dentro del perímetro de ese espacio urbano.
Hace años, allí, algunos adolescentes de entonces, como Enrique Hollub, Rolo Montoya y Juan Buratovic, por mencionar sólo a algunos, disputaban entretenidas “pichangas”, marcando tantos en arcos de madera, especialmente instalados “a puro ñeque y con esfuerzo y algo de imaginación”.
También, a veces, junto con servir de punto de encuentro de parejas de adolescentes ya enamorados, servía de ring para peleas “a mano limpia” que dirimían diferencias que, por entonces, eran terribles, pero que el paso de los años demostró que no lo fueron tanto.
Hoy día, la Plaza Sampaio presenta un rostro remodelado, aunque conserva el diseño original con sus focas, sus jardines y sus senderos bien pavimentados y con escasas flores bajo los cipreses añosos.
No se ve mal; el entorno mantiene algunas fachadas de casas “de entonces”, hoy, restaurante gourmet u hogar de ancianos y, eso sí, pocas parejas jóvenes que, al llegar las sombras, se alejan de grupos que van a compartir cervezas y otras bebidas alcohólicas.
¿Será cierto, entonces, que todo tiempo pasado fue mejor?

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