La locura se había desatado apenas el árbitro brasileño Heber Lopes pitó para el penal de Francisco Silva. En cosa de minutos, todas las plazas a lo largo de Chile, todos los puntos de encuentro tras cualquier tipo de triunfo, volvían a repletarse, tal como hace poco más de un año cuando el mismo puñado de jugadores le entregaba por fin a Chile su primer título internacional, su primera copa de verdad, a nivel de selección.
Y Punta Arenas no fue la excepción. La postal fue idéntica, incluso con el frío y la humedad de aquel sábado 4 de julio del año pasado. Miles de magallánicos vestidos de rojo llegaron hasta la Plaza de Armas Benjamín Muñoz Gamero para celebrar, para abrazarse, para expresar sus sentimientos y desbordar con justificada alegría y orgullo, con tradicionales gritos y cánticos.
La fiesta se había desatado. A esa altura, a miles de kilómetros “La Roja” liderada por Claudio Bravo levantaba la hermosa copa, la que atesorará por 100 años, Messi salía del shock para estallar en lágrimas y anunciar junto a varios de sus compañeros la renuncia a la albiceleste, y la prensa de Chile y el mundo destacaba a Chile como “bicampeón de América”.
La fiesta era interminable y el recuerdo de la jornada, seguro imborrable, porque Chile nuevamente es campeón.