Michael
Jordan no lo quería hacer. Por casi dos décadas la NBA guardó bajo
siete llaves un tesoro audiovisual, sin poder hacer nada con él. El
registro casi íntegro de la mítica última temporada de “Su Majestad” con
los Chicago Bulls, de su sexto campeonato, del momento en que quizás el
equipo de básquetbol más emblemático de todos los tiempos se desbandó y
su estrella ingresó al segundo de sus tres retiros, estaba en una
bóveda y circulaba como secreto a voces, como el Santo Grial de los
documentales deportivos. Era imposible tocarlo por la condición que hubo
para obtenerlo: en 1998, el todopoderoso Jordan aceptó el registro sólo
con el compromiso de que podía ser usado si tanto él como la NBA
estaban de acuerdo. Y él, ya está dicho, no lo quería hacer.
Si
hubo un motor para convencerlo fue la distancia. Para muchos jóvenes
estadounidenses, Michael Jordan antes que todo era un meme: uno que
lloraba, que se usaba casi como mofa, que inundaba los timelines y los
chats como sinónimo de tristeza o de debilidad. El momento más
vulnerable, cuando derramó unas lágrimas por su inducción al Salón de la
Fama del básquetbol en 2009, se convirtió también en su imagen más
replicada, casi la definitiva. A Jordan, el reflejo último del
competidor, eso le molestaba.
Así, se dio el permiso para “The Last Dance”
El
miedo de Jordan era que estas imágenes reflejaran su lado más oscuro:
el que presionaba a sus compañeros para mejorar casi hasta el nivel de
ser abusivo, el que propinaba insultos a diestra y siniestra, el astro
prácticamente insoportable que demandaba de los demás la misma energía,
intensidad y talento que él ponía en cancha.
Michael
Jordan no quiso ceder en entrar a terrenos personales -la serie apenas
explora su niñez, por ejemplo, pero se ve que el basquetbolista se tiene
sólo a sí mismo. Las imágenes están, los exabruptos están filmados y el
riesgo de contribuir a una imagen de ser una figura distante,
implacable y poco empática era evidente y hasta ineludible.
Los
realizadores cuentan, casi sin querer, que el astro aceptó realizar el
trabajo el mismo día en que LeBron James celebraba por las calles de
Cleveland el primer título deportivo de esa ciudad en 52 años, después
de una remontada inédita e histórica contra un equipo ampliamente
superior en teoría -los Golden State Warriors- y con un elenco de
compañeros que no se acercaba a las figuras con las que el propio
“Aéreo” había contado en sus años en Chicago.
La serie, que, en un momento en que no hay deporte ni en Estados Unidos ni en el mundo, se ha convertido en un salvavidas para los fanáticos. Casi
como una ironía, eso sí, el extracto más compartido del capítulo fue un
momento en que a Jordan le preguntan por un apodo que la prensa le
colocó al equipo de los Chicago Bulls antes de que se integrara en 1984:
“El circo itinerante de la cocaína”. El astro, al escucharlo, lanza una
risotada en su sillón. Una que se convirtió, inesperadamente, en un
nuevo meme. Michael Jordan ahora no es el meme que llora. Es la
estrella, es uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, es un astro que tiene hasta una serie propia exitosa y, también, es un meme que ríe. Se sabe: el que ríe al último, ríe mejor.